Mostrando entradas con la etiqueta HOMBRES ILUSTRES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta HOMBRES ILUSTRES. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de febrero de 2012

LUCAS 7:11-17, UNA LECTURA LEJOS DEL REDIL.

En esta oportunidad y con mucha humildad quiero dedicar esta nota, como una expresión de cariño y gratitud, a Manuel Tovar, su esposa Miriam y su niña Gracia Libertad...

El evangelio según San Lucas relata una sorprendente historia y la biblia versión Reina-Valera, revisión 95, la titula: Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín.

Repito, es una historia sorprendente. La ocasión que se teje es digna de una buena lectura. Yo me senté cómodo, aproveché la soledad y el silencio e intenté caminar por la calles de Naín.

Una gran multitud conquistaba las calles. ¿Un evento? Sí. ¿Un buen evento? No.

Es una danza que atraviesa las calles, es la danza de la muerte. Y a su paso tributos de gemidos y lagrimas, los “¡Ay Dios mío!” que hablan de esa rebeldía que no permite la comodidad de la resignación, que indican que lo sucedido todavía tiene olor fresco, fresco pero no agradable. La víctima una viuda, que no solamente se enfrenta a diario contra la ausencia del marido, sino que ahora va sumando la partida de un hijo, por quien va danzando la muerte. El hijo que perdió era su único hijo, quedó sin familia. ¿Esperanzas? ¿Qué esperanzas podría tener? ¿Una resurrección? Ni en sueños, esas cosas han sucedido en siglos, ¿por qué sucederían ahora?

Yo voy por las calles, soy parte de la multitud que va junto a la viuda. Voy lamentando la situación, siempre he lamentado la muerte, lo lamento por el vacío que deja y que no es fácil de comprender. Hace dos años perdí a un amigo, un hermano, su partida me dejó una lección, me enseñó a valorar la muerte; cuando uno le da valor a la muerte se esfuerza por vivir con sentido, por dejar huellas, por amar con tanta intensidad y pasión que ese amor siga latiendo aun después de la muerte. Eso me lo enseñó él, que invirtió cada día en amar y en su eternidad. Pero sigue doliendo, voy caminando por Naín y voy recordando a mi amigo, sintiendo el vacío a pesar de la lección que me regaló. No sucedió un milagro, él no se levantó de entre los muertos, nunca he visto que algo así suceda, por qué sucedería hoy.

De repente pienso en las historias que escuché de profetas y ungidos por Dios que resucitaron muertos. Recuerdo la historia de Eliseo y la viuda de Sarepta. Pero, ¿podría suceder hoy? Pienso en el presente, todavía soy parte de la multitud que sigue a la viuda. Los profetas han desaparecido, no se habla de milagros, los ungidos fueron remplazados por “maestros”, “escribas”, “fariseos”. Ellos representan la autoridad y la voz de Dios. Si algún milagro va a suceder tendría que venir por medio de ellos. Pero ellos, ellos… Ellos no andan caminando por las calles buscando oportunidades para resucitar a alguien, no están interesados en dar consuelo, ni siquiera saben que existe la viuda, no van caminando con nosotros.

Pero un profeta ha salido a las calles, va caminando. No está en un templo esperando que lleguen las viudas a llorar sus muertos, no está interesado en sacrificios ni en control. Va por las calles, seguido de una multitud también, con él danza la vida, la esperanza, detrás de él los “¡Ay Dios mío!” tienen otro tono, de alegría, de asombro. Desde aquí veo su rostro, acaba de afligirse, se le nota en el rostro. Es que ha visto a una viuda llorando a su hijo, sin esperanza, tal vez también me ha visto a mí, lamentando la ausencia de profetas en las calles de Naín.

No lo creerán, pero Jesús, el Cristo, se detuvo frente a la viuda y le ha dicho “no llores”. ¿No llores? Sí. Y de inmediato resucitó a su hijo.

Sigo dentro de la historia, han pasado días. Hay un gran alboroto en la ciudad. La viuda cuenta una gran historia, jamás será olvidada, y yo, yo… Yo sonrío, existe uno que no anda buscando beneficios egoístas, que no está encerrado en un templo, que ha hecho de su vida un milagro para otros. Y pienso que sí hay esperanza, un mejor porvenir se asoma, tal vez pueda construirse una sociedad más calurosa, más unida.

Pero no sigo en la historia, y aquí lejos de Naín, muchos que dicen ser la autoridad y voz de Dios andan buscando beneficios propios, persiguiendo visiones de prosperidad que pretenden alcanzar mediante la esclavitud de otros. Estoy en la América Latina, donde los criollos, los de casa, los que deberían ser nuestros hermanos, se adhieren a teologías y doctrinas que no nos pertenecen y que solo sirven de armas en contra del bienestar común. Son expresiones de la colonización, y están colonizando como si fueran una nación extranjera, golpeando a los de casa. Algunos lo hacen sin saber que lo hacen, es la herencia que recibieron y no tienen la capacidad o no están interesados en desconocerla.

Viudas se van lamentando por las calles, huérfanos, divorciados, abandonados, víctimas de la pobreza heredada… Una legión de desafortunados va caminando, y los templos están repletos, muchos de los que están en los templos podrían juntar una fortuna para poner a andar un programa social a favor del bienestar, otros tantos tienen la fuerza para cumplir un trabajo comunitario significativo; pero están en los templos, dando gracias por la abundancia y rogando por los pobrecitos desdichados, y muchas de estas oraciones son solo una “lavadita de manos”, un argumento para silenciar la responsabilidad.

¿Hay esperanza? Sí. Claro que la hay. Cristo no se ha quedado en el templo. Yo sonrío, porque él viene por las veredas de la América Latina, y viene sintiendo compasión. Lo sé porque voy viendo grupos de personas a quienes el cristianismo heredado acusa de herejes, de contrarios, de minoría; éstos son despreciados pero no les importa, no pueden tocar a todas las viudas, pero hacen lo posible. Vienen dando el ejemplo, y sospecho que terminarán seduciendo a parte de la mayoría, los templos tendrán que convertirse en centros de refugio, en comedores sociales, en centros educativos, en oficinas para desarrollar programas sociales, tendrán que proclamar en los templos un evangelio congruente, un cristianismo ligado a Cristo, eso o se quedarán vacíos.

La América Latina gritará como se grita en la calles de Naín: “Dios ha visitado a su pueblo”. Será escenario de un avivamiento real, no de esas payasadas, de esos eventos que duran tres días y que solo sirve de escenario para la promoción de nombres y títulos, no de esas campañas proselitistas; será escenario de un avivamiento real, uno que dejará vacíos los templos porque nadie querrá perderse de la transformación social que estará ocurriendo en las calles… Y no estoy profetizando no declarando, no estoy adivinando el futuro, estoy leyendo el presente, lejos del redil, viendo el inicio que hace deducible y obvio un mejor porvenir…

domingo, 22 de enero de 2012

¿QUÉ SOÑASTE MIENTRAS LA TEMPESTAD AZOTÓ LA BARCA? (ES QUE HE VUELTO A LEER MATEO 8:23-27)

¿Qué soñaste mientras la tempestad azotó la barca? ¡Oh Bendito Cristo!
Yo quiero saber lo que tu descanso dibujó que ni el ritmo violento del mar,
Pudo tu sueño interrumpir… Tempestades y tormentas mis ojos han visto,
Y aun despierto interrumpieron mi andar…

Pero tú, bendito Cristo, dormías, sereno, como un niño que no teme la furia del viento.
Yo quiero creer que caminabas por estas calles, que visitaste mi hogar mientras dormías,
Que imaginaste mi rostro, allí dormido, y escuchaste en tu sueño mi lamento
Que te negabas a despertar porque querías,
Con tus manos mis lágrimas tocar,
Y susurrar a mi oído que al despertar,
Una historia para mi asegurarías…
Que ante ti la tormenta puede callar,
Y en tus pasos puedo confiar…

¿Qué soñaste allí dormido? ¿Una tempestad arrulló tu descanso?
Ante ti cansado he venido para que mi barca pilotees mientras avanzo…
Y es que tantas cosas de ti he oído,
Tantos cristos conocí en el camino,
Vientos recios mi fe han herido,
No se hacia dónde es el destino….

Quiero soñar contigo en los mares,
Que mis dudas y heridas me mantienen vivo,
Que despertamos para seguir los andares
Y a pesar de los valles sobrevivo…
¿Qué soñaste mientras la tempestad azotó la barca? ¡Oh Bendito Cristo!

HE VUELTO A LEER MATEO 8:23-27...

He vuelto a leer Mateo 8: 23-27. Es una gran historia, un buen relato. Un grupo de hombres que van en una barca pequeña y humilde, uno de ellos duerme y una gran tempestad se levanta en el mar agitando la barca, amenazando con destrucción. El que duerme es Jesús, un carpintero de una pequeña aldea.

El resto de los hombres se dedicaban a la pesca, entendían los asuntos de mares; más que un negocio la pesca fue para ellos un estilo de vida. Ellos saben que no se debe dormir en una barca, hay que estar atento al humor del mar. Pueden entender que Jesús duerma, no está acostumbrado a esos viajes, además seguro se siente cansado por las caminatas. De cualquier manera Jesús podría sentirse seguro, estaba rodeado de hombres expertos en mares.

La mayoría ha escuchado sobre esta historia, los cristianos la han hecho una de sus favoritas en muchas congregaciones. Si usted es alguien que visita frecuentemente alguna congregación seguro ha escuchado al menos un sermón basado en esta historia. Yo escuché cientos de sermones durante muchos años que describían asombrosamente y con mucho atractivo la escena en que los discípulos atemorizados despiertan a Jesús y él habla a los vientos y los mares y éstos se calman. Así Mateo 8:23-27 se convirtió para mí en el pasaje bíblico en que Jesús calma la tempestad. Creí que ya nada podía encontrar en ese relato. ¿Qué podría ser más grandioso en la narración de Mateo?

Hace unos minutos lo leí nuevamente, sí, todavía leo la Biblia de vez en cuando. Desperté pensando en Jesús, en el Cristo que heredé y al que adoré cuando pertenecí a una expresión del sistema cristiano que siente atracción hacia lo sensacional y que responde emocionalmente a todo cuanto lee. Hoy creo que Jesús, el Cristo, es mucho más que una fuente de sensacionalismo, que merece ser contemplado pausadamente, con atención. Creo entender que las narraciones bíblicas en las que su nombre sobresale son puntos de vistas del narrador en cuanto a sus actuaciones, que incluso quien narra intenta arrojar su criterio sobre el cómo Cristo fue observado y sentido por otros. Ahora, cuando leo las narraciones bíblicas sobre él, intento entender el por qué el narrador decidió narrar esa historia, el por qué plasmó su narración desde tal punto de vista. Y leyendo de nuevo el pasaje que antes identifiqué como “Jesús calma la tempestad” me pregunté por qué se les ocurrió a doce hombres expertos en asuntos del mar despertar a un carpintero para pedirle auxilio en medio de la tempestad.

Muchos me dirán: porque él era el Cristo, el todopoderoso, el papá de los helados, el que dominaba la tempestad, a quien los vientos y los mares le obedecen. Pero para los discípulos él no era, o al menos aun no lo reconocían, el Cristo. No podían afirmarlo a pesar de las señales y sus palabras. Para los discípulos tampoco era un todopoderoso, solo un profeta con habilidades, y en el caso de Pedro y quizá algunos otros era el Hijo del Dios Viviente. Una declaración que dejó escapar Pedro en una oportunidad. ¿Pero imaginaban ellos que Jesús calmaría la tempestad? El asombro de ellos después de hacerlo nos da la respuesta. Ellos se maravillaron y preguntaban: “¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?”. No sabían que él lo haría, no lo imaginaron.

Entonces, ¿por qué despertaron a Jesús? Porque les inspiró confianza, porque algo podía hacer, porque lo vieron extendiendo siempre la mano al necesitado, dando respuesta a los hombres. Algo podría hacer y de no poder al menos era mejor pasar por la tempestad teniéndolo despierto, escuchándolo, mirando sus ojos y recordando los buenos momentos vividos en tierra firme. Ante la dificultad ellos solo podían pensar en él, porque él les inspiró confianza.

Este pasaje es una denuncia en nuestra contra. Sí, en contra de quienes decimos seguir a Cristo. No solo en contra de la iglesia institucionalizada, no solo en contra de las organizaciones o denominaciones, no solo en contra de las expresiones del sistema cristiano. También nos acusa a quienes hemos decidido transitar, a quienes nos negamos a comprometernos con doctrinas y bandos. ¿Qué inspiramos en quienes nos rodean? ¿Qué recuerdan de nosotros quienes nos han tropezado en el camino? ¿Somos una opción en medio de la tempestad? Reflexionemos, seguir a Cristo es intentar imitarle. Es sonreírle a quien nos saluda, es saludar al que pasa por nuestro lado, es detenernos a escuchar, a conversar, es extender la mano con nuestros recursos, con lo poco o lo mucho que tenemos. Es cierto, la iglesia institucionalizada, las organizaciones cristianas y denominaciones, las expresiones cristianas deben fomentar un escenario más humano, un ambiente de armonía, desarrollar proyectos y programas en apoyo del bienestar social y tantas cosas más… Pero nosotros qué… También debemos hacerlo. Que quienes nos conocen no tengan temor de despertarnos en el viaje y compartir sus cargas con nosotros… Te invito, con mucha humildad, a leer de nuevo Mateo 8:13-27 y encontrarte una vez más con el Cristo que dormido tal vez soñó con una sociedad mejor…

miércoles, 4 de enero de 2012

UNA SENCILLA REFLEXIÓN...

Uno de los relatos que más me gusta en relación al nacimiento de Cristo es el que narra Lucas en el capítulo dos de su evangelio. Ocho días después de su nacimiento José y María deciden llevar a Jesús al templo para presentarlo y hacer los sacrificios pertinentes. Ese mismo día un anciano llamado Simeón va al templo, y al ver a la pareja y su niño tomó al niño en sus brazos y exclamó:


“Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel”.


Me gusta este relato porque las palabras de Simeón desnuda el destino del niño, lo acusa de “la salvación que ha sido preparada en presencia de todos los pueblos”. Creo que sus palabras debieron despertar la curiosidad de María y José y de todos los que escucharon las palabras del anciano. María debió pensar en esas palabras durante el crecimiento del niño, en su adolescencia y juventud, y luego al verlo partir por las veredas de los pueblos y escuchar de sus obras. Tuvo que recordarlas al ver a su hijo colgando de un madero y expirando. Las palabras de Simeón nos ayudan a entender el destino de aquel niño que ahora reconocemos como el Cristo.


El niño Jesús fue la respuesta a la oración del pueblo, que clamaba por redención y lloraba por un cambio en su estructura social, que esperaba todo aquello que resumían en la expresión de “la salvación”. La vida de Cristo es acusada de salvación por este anciano, así que su vida es el ejemplo de la salvación que todo aquel que dice ser “seguidor de Cristo” está obligado a vivir. Su ejemplo de salvación debe transmitirse a través de nuestros pasos. Él en respuesta a la oración de una nación es nuestro ejemplo. Así debemos entenderlo. Y él en respuesta, él como salvación no se permitió ser limitado por las tradiciones, su desempeño socio espiritual fue indetenible; las leyes impuestas por el aparato religioso que además regía a la política tuvieron que adaptarse a él, y aquellos que le confrontaron para detenerle tuvieron que verlo actuar a favor de la sociedad y vivir la frustración de no poder detenerlo.


Jesús fue un espejismo en medio de la realidad. Porque la realidad decía que no se podía obrar un sábado y Jesús obró para el bienestar del hombre un sábado, porque la realidad decía que los sermones se dictaban en las sinagogas y Jesús expresaba sus sermones en un monte, o en la orilla del mar sentado en una barca, o mientras caminaba por las veredas de los pueblos. La realidad construida por las tradiciones, sus estructuras, sus conceptos no pudieron detener al Cristo porque él actuó siendo superior a la realidad: siendo respuesta y salvación.


Contrario a la actuación de Cristo la mayoría de los individuos que dicen ser cristianos se divorcian de la responsabilidad social, y conceptualizan la espiritualidad en separación y total contraposición a la sociedad... A veces Dios suele ser la excusa perfecta, la justificación genérica. La teología muchas veces se convierte en una herramienta útil para la dejadez. Millones de “creyentes” se aferran a argumentos fríos como “no somos de este mundo”, “todo está en las manos de Dios”, “Dios es Soberano”.


Hay incluso un apartado completo dentro de la teología para explicar la Soberanía de Dios, muchos aseguran que Dios tiene tres voluntades: su voluntad perfecta, permisiva y aquella que se remite al libre albedrío del hombre. Y éstos se dedican a desarrollar argumentos lo suficientemente amplios como para que el alma del creyente repose en alguna de esas tres voluntades divinas y justifique su indiferencia social. El creyente solo tiene que absorber la teología cristiana a su sistema de creencias, sin ni siquiera entender que es teología lo que absorbe, y de esa forma también puede callar su consciencia. Sin embargo, ¿es culpable la teología cristiana o la religión? Yo pienso que es culpable el hombre y su afán por controlarlo todo, haciendo de los instrumentos como teología y religión métodos para el proselitismo; que tanto religión como teología, incluso política, ciencia, y tantos conceptos más, nacieron como instrumentos de búsquedas; que tales conceptos expresan el deseo del hombre por encontrar una identidad, una verdad y una libertad trascendente...


Cristo no limitó su actuación ni siquiera por los esquemas de "soberanía divina"... Me gusta pensar que el anciano Simeón vio en un intstante la vida que trazaría el niño Jesús que sostuvo en sus brazos y así maravillado exclamó de gratitud...

jueves, 16 de diciembre de 2010

CRISTIANISMO DE HISTORIETA (PAGINA UNO).

Recuerdo que cuando niño, poco antes de mis diez años de edad, mis padres me regalaron una colección de historietas de personajes bíblicos, entre mis favoritas estaban tres: “Elías, el profeta de fuego”, “Jeremías, el profeta llorón” y “Juan, el bautista”. Recuerdo que me las regaló poco antes de mis diez porque a esa edad leí por primera vez Juan 3: 22-30. Hasta entonces la versión que tenía de Juan el bautista era la que en resumen dibujaba la historieta. A mis nueve años Juan era un profeta duro, su rostro reflejaba carácter inquebrantable, su actitud era la de alguien resuelto a hacer valer su ideal y mostrarse como exclusivo pregonero de las verdades tocantes a lo espiritual y lo eterno, lo conocí como un hombre dispuesto a imponerse y hacer que su nombre y actos fueran recordados por todas las edades.

Me confundí cuando a mis diez leí el pasaje en el que él dice: “es necesario que él crezca, pero que yo mengue”. Pero juro que me pareció más atractivo como líder y profeta. Con los años fui escuchando a predicadores hablar sobre el bautista, parecían los diseñadores de aquella historieta, presentaban a un Juan que fue reconocido como el mayor de los profetas por su dureza, por su empeño de instaurar sus ideales y por la autoridad con la que supuestamente imponía sus “reglas del reino”. También fui conociendo un cristianismo muy parecido a la supuesta actitud de Juan, y me fueron estorbando tanto Juan como el cristianismo. Hoy veo a muchos cristianos de historietas, que se creen poseedores de verdades, que tienen la autoridad para condenar a quienes no comulgan con sus ideas, que han dibujado un mundo muy distinto al que reflejó aquel Cristo padeciendo por un escenario más humano.

Cuando niño, fue fácil entender las Escrituras, salir de aquella confusión. Creí que Juan el bautista no era aquel dibujo, aquella versión viciada. Hoy voy entendiendo que si Juan fue el mayor de los profetas, si así lo declaró aquel Cristo, si así lo dice la Escritura, fue porque estuvo dispuesto a echarse a un lado, y con ello sus ideales para que se reconociera y se perpetuara la acción de Cristo que fue mayor que sus palabras y declaraciones. Y creo que el cristianismo sería más útil si, como sistema, adoptara esa actitud, dispuesto a menguar cuando parezca fuerte y opaque la acción de Cristo. Evolucionaría, renunciaría a su condición de sistema y se haría escenario, sería útil a la acción de Cristo y no haría de él una herramienta para perpetuarse. Juan no tuvo temor de pasar a la historia, de que su nombre se olvidara… ¿Renunciaría el cristianismo a ese temor? ¿Estamos dispuestos a arrinconarlo a esa renuncia?

domingo, 12 de septiembre de 2010

VIVE EL CIELO DONDE ESTES...

Estuve en Quebrada Honda un día, no fue una visita planeada, estábamos cerca de Aroa en el estado Yaracuy así decidimos subir hasta la montaña y visitar a nuestra familia. Mientras subía la montaña observaba el paisaje, las nubes besando las cimas de las montañas, los árboles creciendo en total armonía, casas de barro, gente sonriendo a nuestro paso y levantando sus manos para saludar, los niños corriendo libres por los callejones que se abren entre la montaña y que unen la existencia de cada quien, el sol que suspendido en el cielo deja ver su resplandor…


Llegamos cerca del mediodía a la cima, y al bajar de la camioneta encontré a mi abuelo frente a su casa, apoyando sus dos manos sobre un bastón gris, con sus ojos perdidos en el horizonte, nos abrazamos y me sometí a su cuestionario, necesario para actualizarse… Me regaló un par de sonrisas, señaló una silla en el interior de su casa y la traje hasta el frente para sentarme a su lado, guardó silencio y dejó de nuevo perder su vista en el horizonte; es corto el horizonte en Quebrada Honda, nunca lo había pensado hasta ese momento, frente a la casa del abuelo está la hacienda de cafetos, no es llana la hacienda, el cafetal yace sobre cerros y más allá del sembradío otra montaña que interrumpe la trayectoria del horizonte. En aquella montaña se dice que pasea un tigre, uno inmenso, legendario, de tal vez mil vidas, que nadie ha podido tocar jamás, cuyas huellas se dejan ver a veces…


Sentado frente a la casa de abuelo, a su lado, mirando hacia el horizonte corto me pregunté por qué le gusta estar sentado allí, por qué no mira hacia su izquierda donde el horizonte es más lejano y la vista se pierde… Abuelo giró hacia mi una vez más y volvió a sonreírme, entonces lo supe, él ni siquiera usaba sus ojos, no importaba la montaña o el horizonte, solo respiraba, solo disfrutaba de la paz, de lo que había, de la compañía de sus nietos que estábamos allí junto a él, sentados, sonreía porque uno sonríe cuando no hay pasado ni futuro, cuando vives el presente y es grato, y siempre es grato reconocer el presente desnudo del pasado o del futuro, uno descubre que se tiene fortuna, porque es una fortuna poder sentarse tranquilo con la compañía de quienes tienen parte de ti, porque es una fortuna estar de paso en un tiempo que no se repetirá, en una vida que no volverá a ser igual… Descubrí que la paz es vivir, simplemente vivir, y vivir es reconocer el presente y disfrutar de lo que hay.

Poco a poco la casa se llenó, tíos, primos, más tíos y más primos… Rostros de alegrías sinceras, exclamaciones, preguntas, respuestas… Nos fuimos en caravana más arriba, a casa de mi tío Cheo, allí más de una docena de primos, todos los Crespos reunidos, y solo necesitamos una mesa y un dominó para darle vida a la tarde, cada quien tenía un cuento, una historia que contar, todos reíamos, no se necesita mucho para reír, solo se necesita ser feliz, y es fácil ser feliz cuando sientes paz, y es fácil sentir paz cuando reconoces el presente, cuando lo vez desnudo, cuando ya el pasado y el futuro están despojados de sus armas.


Pensé en Quebrada Honda como en una fortaleza, donde no entra nada que no sea felicidad y paz, me pregunté por qué el resto del mundo no podía ser así, y lo supe, de nuevo mirando al abuelo que estaba sentado frente a nosotros, una estirpe que existía por él, que conquistó aquel cerro a mediados del siglo pasado para convertirlo en el hogar de los Crespos. No era el lugar sino la gente, pensé que no necesito ser mejor, sino sencillamente reconocerme como había reconocido mi presente frente a aquella montaña. Las horas pasaron y no malgastamos ni un segundo, los abrazos desfilaban al paso de los minutos, las sonrisas también, la vida se hacía buena, cobraba valor, verdadero valor. La niebla lo conquistaba todo, pero sentía la calidez del hogar, en un lugar que está a miles de miles de kilómetros de donde vivo…


Me levanté y me acerqué a mi abuelo que se levantó también para abrazarme y sonreírme, sin emitir palabras, a veces hay que dejar que las almas hablen, lo supe porque escuché su sonrisa decirme un millón de cosas en segundos, el lenguaje del alma es superior al tiempo; la noche se adueñó del lugar, es mucho más oscura la noche en Quebrada Honda, pero no hay temores no despiertan los demonios allí, la noche es parte del día, y permite que los ojos descansen, nadie se preocupa por encender tantas luces, para eso están la luna y las estrellas, para darnos la luz necesaria. Canciones, anécdotas, risas a todo pulmón, flash de cámaras, no tomábamos fotos pensando en guardar parte del pasado para el viaje, es curioso pero no era así, lo hacíamos para jugar con el presente, para tener otra excusa para jugar.

Cerca de la medianoche nos despedíamos, sin tristezas, con esperanza de un próximo encuentro sin pensar en la posibilidad de que no ocurriera, uno a uno desfilaron los abrazos, los besos, creo que abracé a cada uno dos o tres veces, no hubo lagrimas, no hubo lamentos por la despedida, sonreíamos, disfrutar del presente es disfrutar también las despedidas, si es el último momento entonces sintamos la paz del último momento. Nos montamos en la camioneta, y arrancamos, no miré hacia atrás, no era necesario, ya el último momento había respirado.

Mientras bajábamos, conversaba con mi primo, y no pude evitarlo, lo miré sonriendo y le dije que hasta Dios debe sentir envidia por la vida como se vive en Quebrada Honda… Hoy días después, pienso que Ruth tiene razón al decirme que entonces ese debe ser el cielo, y concluyo: vivamos el cielo donde estemos.

martes, 8 de junio de 2010

NO DESPERTÉ AQUELLA MAÑANA...

En primer lugar pido disculpa por pretender incluirme en los rastros de sus tiempos con esta nota, es el prologo de una historia que escribo en homenaje a un amigo, más que amigo, un compañero de ruta con el que accidentalmente tropecé dentro del tiempo. Si te detienes para leerlo necesito expresarte mi agradecimiento puesto que lo escribí porque necesito expresarlo, ¿a veces no sientes que es agonizante saberse vivo frente a la muerte? ¿No piensas que la muerte es el único destino seguro del cual podemos alardear de conocerlo? ¿Se necesita valor para alardear de tal conocimiento? ¿O se necesita aceptar que ya estamos muertos? Son tantas las preguntas que me he planteado para emprender este viaje que llamé “Mas que un nombre” y que ya me lleva por una ruta de veinticinco mil palabras, sospechando que aun no voy por la mitad del camino, y que tal vez de igual forma es un esfuerzo inútil… Pero qué más da, sigo vivo…Saludos…


El veintiuno de marzo del año dos mil diez, recibí una lección.

Francisco me había dicho dos días antes, “brother, estoy cansado, vamos a descansar este fin de semana”. Me pareció extraño, Francisco era una persona activa, no era amante de los descansos, debí suponer que algo extraño pasaba… Llevábamos dos meses trabajando en los barrios alrededor de la Carretera H de la ciudad de Cabimas, organizábamos torneos de futbol y actividades culturales que permitieran una sana distracción a la juventud de esos barrios, los mismos donde él creció. Comenzamos ese trabajo por accidente, los dos estábamos cansado de ver cómo estos barrios se hundían en delincuencia y vicios, nos preguntábamos por qué nadie hacía nada, por qué los padres no tomaban medidas para que sus hijos no vagaran por el mundo de los vicios que matan las ilusiones y a la vida misma. Hablábamos entre nosotros sobre nuestras ideas de la eternidad y de la necesidad de que el ser humano perdurara en el tiempo. Admirábamos juntos la sed de los personajes de Homero, “ellos supieron vivir, consagrando sus vidas al ideal de la eternidad”. Coincidíamos en la idea de que “el hombre puede seguir existiendo en la memoria de la historia, en los recuerdos de los hombres que siguen vivos después de nuestra ausencia”.

A medida que nuestra amistad se estrechaba comprendí que ambos habíamos vivido de una forma parecida, que habíamos recorrido cuantas veredas conocíamos, movidos por una sed natural que no habíamos podido saciar en nuestros recorridos. “¿Qué crees que hay después de la muerte?”, me preguntó una vez, yo sonreí, me gustaban sus preguntas, sabía que a la mayoría no les gusta expresar esas interrogantes y mucho menos tratar de responderlas, pero él vivía como un niño, sin temores de preguntar o descubrir. “Creo que solo podremos saberlo con certeza después de nuestra muerte”, le respondí bromeando, aunque seguro de que era la respuesta más indicada que podía darle. “O tal vez no podremos saberlo ni después de la muerte”, respondió él sonriendo también. Sabía a qué se refería, ya nos habíamos planteado la posibilidad de que la muerte fuera el fin de la conciencia humana, de que no existiera continuidad, ni cielo ni infierno, nada.

El viernes diecinueve por petición suya iniciamos un descanso. Yo me fui a casa de mis padres a cuarenta minutos de la ciudad de Cabimas. Dos días después, el veintiuno de marzo, recibí una llamada: “hermano, Francisco… Es una noticia lamentable… Hermano… Está muerto…Francisco murió”.

Aquello era una maldita broma, un mal chiste. Pero no podían estar jugando con eso. Escribí un mensaje de texto en mi celular que debí enviar a más de ciento cincuenta contactos de los que pertenecían al grupo de jóvenes y adolescentes. “Necesito saber de Francisco, ¿es cierto que murió?”.

Las respuestas llegaron de inmediato, uno a uno me confirmaban lo que no podía ser cierto. Eran las seis de la mañana, aun no podía creerlo. Me duché y mientras lo hacía pensaba que tal vez despertaría en unos minutos riendo de este sueño. Salí del baño, me vestí y aun no despertaba, tomé un vehículo que me llevó hasta la ciudad de Cabimas y no despertaba. No aguantaba mi llanto, Francisco era mi amigo, juntos estábamos desarrollando un sueño de toda la vida, lográbamos entendernos, dudábamos sin miedo y desafiábamos hasta nuestra fe. Él no podía estar muerto, ¡por qué rayos no podía despertar!

Llegué al terminal de Cabimas… “¿Gusmar, dónde estás?”… “¿Por qué no llegas?”… “Aquí estamos todos, te estamos esperando”. “¿Por qué pasó esto? No es justo, Gusmar, por qué…”. “Estamos en los Laureles, ya lo trajeron a casa del tío, Gusmar por qué…”. Llegaban los mensajes a mi celular uno tras otro… ¡Por qué! Yo mismo quería saberlo… Llegué a los laureles, al sector cinco, bajé del auto por puesto, pensé llevar mi maleta a mi habitación, a ver si perdiendo el tiempo podía despertar del sueño, pero no pude, caminé por las veredas que conducían a casa de su tío, ¡las mismas que caminamos juntos dos días atrás! Pensé en todas la veredas que caminamos de esa urbanización, en todas las calles de todos los barrios…

La plaza frente a la casa del tío “tite” estaba repleta de adolescentes, jóvenes, adultos, miré a un puñado de los que participaban en nuestras actividades, a los que conocimos caminando por los barrios, se abrazaban unos a otros como lo habíamos enseñado en nuestras reuniones “somos familia, y la familia celebra unida en tiempos de alegría y llora unida en tiempos de tristeza”.

Me detuve frente a aquel cuadro, miré hacia adentro de la casa y vi un féretro negro, rodeado de flores, la imagen me recordó la sala de mi casa, a mis trece años, la muerte de mi abuela… Rogué, quise creer en tantas cosas como me fuera posible para tener opciones en mi ruego. Giré de nuevo hacia el grupo, se habían reproducido, eran más los jóvenes allí, yo lloraba, de impotencia, por no poder despertar. ¡Maldito sueño que me desesperaba!

Uno a uno se me acercó, llorando, abrazándome, preguntándome por qué… No podía hablar, sentía que me ahogaba… La muerte era real y estaba allí, pintada en el rostro de cada muchacho, de cada chica, apretándome el cuello, dificultándome la respiración. La muerte sonreía en un día soleado. Su olor, estaba allí, rodeando la placita del sector cinco, venciendo una vez más. Tal vez si me dejaba vencer por el ahogo despertaría turbado en mi cama por aquel sueño. Pero nada pasaba, caminé hacia adentro de la casa, mirando a todos los que se estaban allí reunidos, abrazando, intentando decir algo sin conseguirlo. Allí estaba la negra, el tío tite, María, la señora Carmen, Joha, Alberto Miranda, y cientos de personas más que formaban parte de su historia. Llegué frente al féretro, tuve miedo de mirar en su interior, intenté anclar mi mirada en alguno de los jóvenes que habían entrado conmigo y me rodeaban, estaban a mi lado “en momento de tristeza”. Sentí la fuerza que ellos intentaban transmitirme con sus miradas… Y miré en el interior de aquel féretro… “Ya, es hora de despertar…”pensé.

Allí estaba, Francisco Blanco Cardozo, inmóvil, sin aliento…

“¿Qué crees que hay después de la muerte?”… Recordé su pregunta. Su voz era clara en mi memoria, mis lágrimas caían sin remedio, no era un sueño, era momento de aceptarlo… “Supongo que ya lo sabes… Supongo que estabas muy cansado… Claro, descansa… Ya un día me tocará saberlo…”. Sonreí, con tristeza sonreí, respiré profundo. “A mí me toca seguir vivo, pendejo”. No pude detener mi llanto, quise hacerlo pero no pude… Yo seguía vivo.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

DEDICADO AL CONSEJO DE CIRUMA... TIERRA DE MUCHAS LEYENDAS...

Viví solo tres años en aquel pueblo, fueron suficientes para que se hiciera parte de mi historia, así El Consejo de Ciruma se convirtió en el ambiente donde decidí darle vida a “Rubia”, a continuación comparto con ustedes mi percepción de aquel pueblo, y una leyenda que construí con datos de las historias que aun cuentan algunos ancianos de aquellas tierras…

Es mediodía. Da igual verano o primavera; por estas tierras el sol de mediodía empaña el clima con su calor, sería casi insoportable de no ser por las ráfagas de aire fresco que nacen entre las montañas y se desprenden desde lo alto del valle, allá arriba dónde los robles lo bordean como custodiándolo. ¡Valle legendario! Escenario de tantas historias. El aire viaja danzando, viento recio y solitario, juega entre los árboles, acaricia los samanes, árboles de lluvia, cenizos y de porte asombroso; seduce a los cedros, legendarios como el valle y silba entre ellos; sigue su camino, agitando la hierba en las planicies, donde reposa el ganado. Roza el agua de los ríos, dispersa a lo ancho y largo de estas tierras, bebe del Arroyo del Cardón y su recia danza encuentra calma. Ya no es viento solitario, es brisa suave que pasea con elegancia por el valle, que busca compañía entre las calles de Piedrita y Cañaveral, y avanza hasta Rivera y Agua Santa, no se detiene hasta que llega a lo más profundo del valle: El Consejo de Ciruma, y allí se perfuma con el aroma del aceite de Cabimo.

En el año 1890 una extraña enfermedad azotó al estado Falcón, estado limítrofe con el estado Zulia. Una mancha aparecía en la piel y al cabo de dos semanas ésta se convertía en una llaga y, poco a poco, se extendía por todo el cuerpo. Las personas infectadas por esta enfermedad se iban pudriendo en vida, presentaban síntomas como fiebre y debilidad para ejercer cualquier tipo de actividad. Así, las víctimas de la enfermedad estaban condenadas a morir en un lapso de dos meses después de que la mancha se convirtiera en llaga.

Cuatro familias, decidieron abandonar el estado unidos como una sola familia, los más ancianos presentaban ya la mancha en la piel y en la familia Morles, un niño iba infectado también. Partieron en caballos, arreando sus ganados, con provisiones para un mes de camino, y la esperanza de encontrar un caserío en el estado Zulia donde poder establecerse lejos de la infección del estado abandonado. Llevaban también semillas de maíz, de auyama, y de otros alimentos, creían que, de no conseguir un caserío, podrían fundar en alguna tierra uno para las cuatro familias. Tras dos semanas caminando en medio de la selva falconiana y sin conseguir nada, el niño Santiago Morles presentaba fiebre con frecuencia y sus padres se desesperaban ante la idea de que pudiera morir en aquel peregrinaje. Los ancianos también se descomponían aceleradamente.

Encontraron un arroyo bordeado por cardones y se detuvieron para calmar la sed de los animales. Mientras las bestias se saciaban, un indio se les acercó. Se alarmaron al verlo, semidesnudo y de aspecto rudo. Cuando estuvo cerca, el temor aumentó al notar una cicatriz en su rostro que parecía dividírselo en dos. El indio parecía llevar un objetivo: sin distraerse, caminó directo hacia el niño, que estaba rodeado por sus padres y en los brazos de su madre, se abrió paso entre ellos y, ya frente a él, se inclinó a su altura. Nadie se resistió a su presencia. El indio miró el antebrazo del niño donde la mancha comenzaba a supurar.

-Esto- dijo tocando la llaga con su dedo- mal de ciudad. Hombre de ciudad mucho odio.

Luego señaló al frente del arroyo y agregó:

-Un día de camino, detrás de robles hay valle de Cabimo, yo indio Ciruma pasar por allí y ver el árbol que bota aceite, aceite untar en piel de niño. Niño sano. Aceite cura odio.

Se levantó y sin esperar una palabra ni pronunciar ninguna otra, se alejó en sentido contrario al lugar que había señalado.

La desesperación de los Morles les llevó a confiar en las palabras del indio Ciruma y, apoyados por la familia Suárez, decidieron dirigirse hacia el valle de los Cabimos. Las otras dos familias terminaron siguiéndolos también. Al día siguiente, ya al anochecer, llegaron al lugar, contemplaron el valle bordeado por los robles, en él varias docenas de Cabimos distribuidos a lo largo y ancho del valle. Era primavera, el olor del aceite que segregaba cada árbol era agradable al olfato, daba la impresión de estar dentro de un nuevo mundo. Tomaron aceite de Cabimo y lo untaron a los infectados por la enfermedad, sobre las manchas y sin frotarlo, como había indicado el indio con señas. Tres días después de que los pacientes padecieran una fiebre intensa por las noches, las llagas desaparecieron junto con la fiebre y los síntomas de la enfermedad.

Decidieron establecerse en aquel lugar y, en honor al indio, que nunca más volvieron a ver, llamaron al pequeño caserío “El Consejo de Ciruma”. Se proveían de agua del arroyo al que llamaron “El Cardón”, el mismo donde les encontró el indio. Tan pronto como se establecieron, un representante de cada familia volvió al estado Falcón exportando el aceite de Cabimo para que pudieran salvar a los pacientes que agonizaban y a los que iban siendo alcanzados por la enfermedad. Así, la fama del pequeño caserío corrió con rapidez.

lunes, 7 de diciembre de 2009

A LA TIERRA DEL SOL AMADA, MI MARACAIBO...

Dicen que fue Alfínger, por el 1529, quien fundó nuestro terruño amado. Pero no fue Alfínger, y el nombre de nuestra tierra es un tributo a quien dio origen y sentido a todo lo que representa y lo que un día será. Fue aquel joven indio, de quien ya nadie habla, de él llevamos nosotros su sangre y su furor que irónicamente el progreso ha apagado. Indio Mara, cuyo carácter recio fue heredado de los tigres y su tenacidad de las serpientes que reinaron sobre nuestra tierra cuando aun era virgen.

Sobre Mara descansó la esperanza de un pueblo, él se negó a renunciar a su libertad, en un tiempo en el que la libertad fue verdadera, y la verdad era libre, en un tiempo en el que los caminos eran amplios. Él enfrentó a los extranjeros que pretendiendo ser dioses vieron en nuestro territorio un escenario para experimentar el poder y control.

¡Mara! ¡Indio esforzado! ¡Amante de la libertad! Indio amado por el sol, el mismo sol que hoy ama a esta tierra, tierra que aun conserva el aroma del alma de aquel joven indio.

Fue una tarde y el sol se ocultaba frente a él, por el oeste, lleno de pena. Los indios lo rodeaban y dejaban escapar un reverente “maracayó”, uniendo en la lengua primitiva de esa tierra el nombre del cacique Mara con un término que bien podía significar “origen” ó “tigre”. Susurraban incrédulos, llenos de miedo… “Maracayó”… susurraban y percibían el tiempo detenido, mientras Mara contemplaba el sol. El susurro mutó a gritos, pero Mara aun escuchaba susurros al mismo tiempo que sembraba su alma en la tierra y le pedía al sol no abandonarla… “Maracayó”… y el sol pactó con Mara, se ocultó para no llorar la muerte del cacique.

La batalla continuaba, pero para los indios ya nada importaba, así se entregaron a la suerte de los colonizadores que, asombrados por la muerte de Mara, no escucharon a los indios exclamar con reverencia el “maracayó” sino que escucharon un “Mara cayó” que hicieron propio, convirtiéndolo en una frase de victoria.

¡Mara cayó! Gritaban los extranjeros incrédulos, pero regocijados por la victoria anunciada con la muerte del cacique.

Desde aquella tarde, tarde de lamentos de admiración, tarde de un “maracayó” en labios de los indios, tarde de gritos de victorias, de un “Mara cayó” en labios de los extranjeros, se abrió una brecha en el curso natural de la historia y el hombre construyó un cauce para direccionarla de acuerdo a sus intereses de poder y control, intereses vestidos de libertades, esclavizadores. Y es así como hoy la historia escrita niega la existencia del cacique Mara, como un intento de mantener dormida el alma de aquella tierra, aquella tierra que es hoy nuestra tierra. Pero algunos, hijo mío, algunos de los hombres de esta tierra despiertan, de alguna manera despiertan, para negarse al progreso construido, para aceptar la evolución natural, para liberarse de la esclavitud heredada, y en su despertar iniciar el camino llamado libertad, camino amplío, cuyas veredas son una sola verdad… Y ese despertar será siempre, sobre esta tierra, acompañado del sol, de su calor, pues fue el sol quien juró no abandonar a la Maracaibo amada, tierra donde el cacique Mara enterró su alma libre… soberana…”

viernes, 13 de noviembre de 2009

SECRETOS DE UN RECUERDO EN NOVIEMBRE, DESPERTADO POR RUTH M.

Debo agradecer a Ruth M, conversar con ella es sumergirse en un mundo de lluvias donde siempre podría ser noviembre… Gracias.


Para muchos, Paula Sosa fue una mujer, hasta cierta edad, movida por rencores; de carácter recio, de ojos cargados de cansancios, de pocas palabras y escasas sonrisas. Su mirada la recuerdan perdida y a la vez centrada en un abismo en el que suponían se odiaba a sí misma, la creían presa de remordimientos a causa de lo que han llamado “sus errores del pasado”. Para algunos fue una mujer vestida de una coraza impenetrable; nadie habla de sus abrazos y besos, muchos aseguran no haberlos recibido nunca. Recuerdan sus esfuerzos como respuestas en versiones de los “qué más da” de la vida.



Aun así, muchos hablan aun de ella, en reuniones familiares, en encuentros casuales, en las veredas del sector catorce de San Jacinto, en los cerros de Yaracuy, hasta en el Consejo de Ciruma se ha hablado de ella… En muchos lugares su nombre aun sigue sonando. Escucho de ella relatos como si hablaran de un mito. Y escucho en silencio cuando hablan de ella, y en silencio lloro, guardando un secreto: mi recuerdo de ella, de Paula Sosa, mi abuela. Secreto que llega a doler aun más en noviembre, que siempre por alguna razón despierta con más fuerza. Del que no hablo con frecuencia por no saber cómo expresarlo. Pero hoy quiero intentarlo, no para librarme de las lágrimas pues no me pesan, me hace bien llorarla, sentir su ausencia, me redime, no sé de qué, pero mientras lloro su ausencia me siento redimido y vuelvo a ser niño. Algunas veces creo ver sus ojos, sé que los veo, aquí adentro los veo, contemplo en ellos la ternura con la que siempre me miró esperando mucho de mí.


Yo la recuerdo anciana, sentada en su silla mecedora, sonriendo a cada mirada mía; levantándose lentamente para recibirme con un abrazo y un beso y susurrarme al oído un “tu eres mi nieto”, que podía repetir mil veces y mil veces hoy lo entiendo de forma diferente; la recuerdo caminando luego al refrigerador, sacando un vaso de “toddy” con el que a diario expresaba de forma sencilla su amor. La recuerdo con su “espero no hayas almorzado” en sus labios mientras servía la mesa y se sentaba frente a mí para verme almorzar, como si todo su mundo girara en ese instante (¡cómo redimen estas lágrimas!). La recuerdo contando historias, con una elocuencia que siempre le envidio, sin palabras que estorbaran, dibujando la vida, señalando caminos.


Paula Sosa caminaba en las mañanas, todos hablan de ello, dicen que era por su salud, pero sus caminos eran sin rutinas, y lo hacía porque buscaba, observaba, vivía mientras caminaba, escuchaba mientras lo hacía, se reconocía a sí misma. Sus esfuerzos fueron siempre intentos de brillar fuerte, para seguir viva en su ausencia, ella amó la eternidad, descubrió que uno se hace eterno a través del recuerdo, como también supo siempre que es vicio humano recordar los esfuerzos y no interpretarlos.


Paula Sosa se volcó sobre mí, con métodos propios, cuando yo solo era un niño, ella confió en la capacidad del ser de buscar y encontrar dentro de los recuerdos, su confianza ha dado frutos en mí. Ella creía en los sueños, aunque nadie la recuerda soñando, desprendió los sueños de sí misma, soñaba con el futuro, y nosotros, quienes le recordamos, quienes hablamos de ella, éramos el futuro.

























jueves, 27 de agosto de 2009

ELIAS Y EL ¿DIOS? DE MUCHOS...

Durante años escuché sermones, así los llamaban con orgullo, basados en ese “pasaje bíblico” en el que Elías (a quien me vendieron como el “profeta de fuego¨) enfrenta a sacerdotes de Baal, un dios construido por hombres y que seguro sus sacerdotes nombraban con “d” mayúscula. Lo que hoy me parece curioso es que estos sermones señalaban el desempeño de Elías como protagónico y como la razón de existencia del “pasaje bíblico”, dando a entender que el ¿Dios? de ellos inspiró las Escrituras para resaltar a Elías y hacerlo un modelo para todo aquel que quiere figurar como un hombre de éxito dentro del sistema cristiano. Así se centraban en su desempeño para llegar a la definición del ¿Dios? de ellos, aun cuando yo sospecho que no tenían la menor idea de que en tales exposiciones dibujaban la imagen del ¿Dios? al que dicen servir.

Hoy, mientras recuerdo alguno de esos sermones se me hace obvio: el ¿Dios? que estos me dibujaron era uno del mismo calibre de Baal. La imagen que muchos proyectan de ¿Dios? es la de un ser amante de sacrificios, y este ¿Dios? de los sacrificios “respalda” a todo aquel que logra arrancarle las “señales y prodigios”, “señales y prodigios” son indicadores del apoyo de este ¿Dios? y el apoyo se traduce como éxito y actitudes que agradan a tal ¿Dios? Todo cuanto los servidores de este ¿Dios? interpretan lo hacen con esa formula barata: sacrificios + señales y prodigios= apoyo divino. De manera que la compañía de ¿Dios? y su “intervención” a “favor o en contra” son productos que resultan del esfuerzo humano.

Es obvio para mí, todo esto es un cuadro que nos permite ver el reflejo de un ¿Dios? cuyo atractivo es el “poder” y su poder está limitado a la capacidad humana, un ¿Dios? dependiente de sacrificios y esfuerzos. La imagen de este ¿Dios? es nociva para el hombre y es también útil para sus “representantes” en el intento de manipular a quienes “sedientos y cansados” se inclinan ante sus “coberturas”. Estos representantes por lo general ocultan móviles, se afanan por ser los más reconocidos, los más nombrados, “caciques” de parcelas, y utilizan la imagen de ese ¿Dios? para mantener un orden obsesivo en sus sistemas y para activar la voluntad de sus seguidores a merced de sus metas personales de “crecimiento y orden” variantes que les permite a estos “venderse” dentro del sistema como hombres de “éxito”. Nuestro Creador, tuvo cuidado de alertarnos sobre estos a través de los escritos de los apóstoles.

Según todo este ideal enfermizo y absurdo el fuego que cayó del cielo fue un producto del sacrificio de Elías al exponer su vida al riesgo de retar a los sacerdotes de Baal quienes eran apoyados por el régimen político de turno, sumado al cuidado que tuvo en la construcción y estética del altar donde presentó el sacrificio. Toman cada detalle para simbolizar aspectos que se deben tener en cuenta en el proceso de sacrificio. El argumento supone que un solo error, un descuido, una piedra mal puesta, un paso en falso del profeta Elías y no habría descendido fuego sobre el altar. Y ese mismo argumento es aplicado a los “pasajes bíblicos” en los que el Dios Real y Verdadero se presenta a sí mismo. Ya lo he dicho antes: “todo cuanto interpretan lo hacen con esa formula barata: sacrificios + señales y prodigios= apoyo divino”. Así predican con tono altanero que la sanidad del ciego Bartimeo fue el producto de su sacrificio al enfrentar a la multitud que servía de obstáculo entre él y el Cristo; de igual forma aseguran que la mujer del flujo de sangre “recibió” su milagro gracias a su osadía de tocar el manto de Cristo que suponía un gran sacrificio; para ellos el leproso que se le acercó a Jesús en Marcos 1: 40-42 logró desprenderle a ¿Dios? su sanidad mediante un mecanismo que supone su sacrificio: “Rogó e hincó la rodilla”, y he escuchado a muchos vender este modelo como una formula infalible para obtener “favores” de ¿Dios? siempre con la aclaratoria de que si falla es un problema de actitud humana o “no rogaste lo suficiente ni estuviste con tu rodilla hincada el tiempo necesario”, sencillamente “el poder” de ¿Dios?, el más grande atractivo de este ¿Dios?, depende del esfuerzo humano. Lo que reduce automáticamente, a mi parecer, tal atractivo a un chiste.

Ahora bien, si un Dios es dependiente del esfuerzo humano, si un Dios necesita de sacrificios para destellar poder entonces a quien se dirigió Elías no fue un Dios, pues quien consumió el altar con fuego lo hizo porque así lo había decidido ya, sin importar lo que Elías hizo o pudo haber hecho, ya Él había decidido hacerlo. Note usted mismo que en ese relato el llamado “profeta de fuego” conversa con nuestro creador y en su conversación u oración afirma haber actuado de esa forma porque Él (quien hizo descender fuego) así lo había ordenado. Su actuación no puede tomarse como un mecanismo o sacrificio, había recibido instrucciones y esto garantizaba que su actuación tendría resultado positivo, así que actuó confiado, el anuncio de los resultados pudo haberle inspirado la confianza y seguridad de que no correría peligro. Elías no tiene merito alguno en esta historia en la que quien la inspiró intenta mostrarse a sí mismo. La compañía de nuestro Creador no se mide por lo que llamamos “intervención”, o “prodigios y señales”, ya que lo que podríamos llamar “no intervención” sería ya una forma de intervenir si ya hemos presupuesto la realidad de su existencia. De insistir en que eso que llaman poder es parte de su atractivo tendríamos que concluir en que actúa por sí mismo y no actúa por sí mismo también, y su no actuación sería ya una forma de actuar.

Si Elías nos visitara hoy y escuchara hablar de ese ¿Dios? dependiente de los sacrificios y esfuerzo sin duda diría: “Ya conozco a ese ¿Dios?, en mis tiempos lo llamaban Baal, es un ¿Dios? muerto, hecho por hombres”.

martes, 11 de agosto de 2009

MUCHO MAS QUE UN ¿DIOS?...

Hoy quiero aclarar a quienes vienen leyendo la serie que estos artículos no tienen como objetivo culpar al Creador de los cielos y la tierra de la muerte de mi abuela, ni de los infortunios propios o ajenos. Tampoco negar la existencia de un Creador, de alguien superior que se hizo hombre y se nos mostró de diversas formas, entre ellas a través de la persona de Jesucristo. Lo aclaro no por tener la necesidad de hacerlo, es decir, no intento cuidar mi imagen o dar excusas, como me dijo hace poco un hombre a quien considero mi amigo “estoy sano en salud”. Lo aclaro más bien para que los objetivos de esta serie puedan lograrse en quienes leen, y en quienes leen con cierto prejuicio.

Continúo. Los infortunios vividos y vistos en quienes me rodean causaron en mí, en cierto tiempo, confusión, decepción y frustración. Estos sentimientos surgieron en mí como consecuencias de mis creencias relacionadas a ese ¿Dios? que me pintaron y que yo, iluso y fanático, acepté sin cuestionar nada. Pero estos sucesos despertaron mi sed, o mejor dicho: me hicieron más consciente de mi sed. Y esta sed me llevó a caminar, a emprender la búsqueda de agua para saciarme. Me obligó a salir del conformismo que me hacía aceptar todo cuanto vendían sobre ese ¿Dios?, hecho por hombres. Me di cuenta que hablar de Él como un ¿Dios?, según la imagen que me había construido de un ¿Dios? incluso con “d” mayúscula, no era hablar de Él, no era hablar del Creador, del que se hizo hombre. Este conflicto me llevó a preguntarme ¿sino es un ¿Dios?, y no es un humano, si tampoco es una cosa, entonces qué es?

Para entonces tenía claro que debía percibirlo y buscarlo como a “alguien” y no como a “algo”, como alguien no humano y tampoco ¿Dios?, repito: según la imagen que me había construido de un ¿Dios? incluso con “d” mayúscula.

Encontré una confusión parecida en un hombre llamado Moisés, de quien se habla en las Sagradas Escrituras.

Cuando el Creador, el ¿Dios? Verdadero, el que se muestra así mismo en las Escritura, el que Vive, es decir, el que no depende de nuestro raciocinio para vivir, el que Existe por sí mismo, cuando Él comisiona a Moisés para la tarea de libertar a los hijos de Israel, Moisés se preguntó y le preguntó a Él: “Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre? ¿Qué les responderé?”.

Sabía que era real quien le hablaba, porque le hablaba, pero cómo le explicaba a sus paisanos sobre la existencia de aquella voz. Es curioso porque Moisés pudo obviar ese asunto y conformarse con dibujarles la idea de un ¿Dios? “zarza ardiendo en fuego”. El dibujo pudo haber sido atractivo para los suyos. Sin embargo, Moisés sabía de dioses, e incluso tal vez de dioses con “d” mayúscula, y aquel que hablaba no se sentía ni lucía como un ¿Dios? de esos conocidos.

La respuesta de aquella voz fue la que me llamó más la atención en ese pasaje. Él respondió a Moisés: “Yo Soy El Que Soy. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: Yo Soy me envió a vosotros”.

No lo envió una “zarza ardiendo en fuego parlante”, ni siquiera una voz, lo envió alguien que Es, alguien con identidad definida y no dependiente del tiempo, es decir, alguien que no depende del pasado, presente o futuro. Cuando leemos que “Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos”, no debemos pensar en que esas palabras nos revelan una formula para conocer el patrón de ¿Dios?, no se trata de sus actos, no nos dice que como Él “obró” así Él “obra” y “obrará”. Esas palabras nos hablan de Él, de su identidad que no está sujeta al tiempo.

Ningún ser humano puede afirmar “yo soy”, sin obviar que su identidad y todos los elementos que la componen cambian constantemente de acuerdo al tiempo que transcurre, y que incluso su comportamiento dependerá de su identidad. Cuando fui niño yo era como un niño porque fui niño, cuando fui joven yo era como joven porque fui joven, cuando soy adulto yo soy como adulto porque soy adulto, cuando sea anciano seré como anciano porque seré anciano. Y en cada etapa vamos cambiando, y lo que somos irá dependiendo de muchos factores que están sujetos al tiempo. El Yo Soy es un ser no dependiente ni sujeto a nada.

En este sentido hablar de quien inspiró las Escrituras, de quien se hizo hombre manifestándose en la persona de Jesucristo, es hablar del Yo Soy, llamarlo ¿Dios? sería acertado siempre y cuando estemos consciente que no es un ¿Dios? sujeto a “leyes” que ya a “lanzado al mundo”, que tampoco es un ¿Dios? comprometido “a su palabra”, es decir, no es ese pobre ¿Dios? que se hace atractivo a sí mismo queriéndose mostrar como una especia de genio. No es un ¿Dios? comprometido con un sistema al que quieren llamar “¿Dios? de orden” (luego hablaremos de ello). Llamar ¿Dios? al que Es, sería hacerlo entonces consciente y aclarándole a quienes nos escuchan hablar de Él que no es un ¿Dios? hecho por hombres y esquemas.

Por esta razón yo prefiero decir que no es un ¿Dios?, para mí es mucho más que eso que ahora llaman ¿Dios?

Si nos vamos entendiendo, entonces continuemos en esta búsqueda. La serie continua.

miércoles, 5 de agosto de 2009

EL ¿DIOS? DE MI PADRE...

El año en el que tomé la decisión de desatarme de la camisa de fuerza llamada religión fue el mismo año en el que mi padre decidió entregar sus credenciales y romper todo vinculo con la organización cristiana a la cual había servido durante veinte años como reverendo ordenado. Seis años habían pasado desde la muerte de mi abuela. Recuerdo que su decisión fue interpretada como un acto de rebeldía contra el ¿Dios? de los reverendos. Un boletín informativo corrió por todo el territorio nacional advirtiéndoles a las iglesias afiliadas a la organización que Gustavo Sosa, mi padre, ya no contaba con la cobertura de ellos y la razón era sencilla: El ex reverendo era un hereje.

Yo vivía en una ciudad lejos de la casa de mis padres. Ese año mi padre me visitó y por primera vez hablamos de la muerte de Paula Sosa, mi abuela. Le pregunté cómo había podido llegar a casa tranquilo, comiendo un helado, para darnos la noticia de su muerte, le pregunté cómo podía seguir creyendo en su ¿Dios? a pesar de que éste no había echo nada a favor de su madre, le pregunté cómo era que aun cuando sus ex colegas lo difamaban él seguía sirviéndole a ese ¿Dios?

Aquella conversación vino a ser como mi estrella al norte para guiarme en el camino que empezaba a recorrer. El día de la muerte de mi abuela mi padre salió de casa a visitarla al hospital, esa mañana él iba rogándole a su ¿Dios? que hiciera un milagro sobre la vida de su madre; durante las tres semanas que ella estuvo en como más de una docena de reverendos hablaron en nombre de aquel ¿Dios? diciendo que ese “todopoderoso” levantaría a mi abuela de la cama, pero que la prontitud del milagro dependía de la fe de la familia, por supuesto, el poder del “todopoderoso” pintado por hombres dependía de la capacidad del hombre. Mi padre me dijo que aquel no era su ¿Dios? y que al llegar al hospital encontró a su madre muerta. Claro que sintió dolor, ni siquiera pudo verla viva esa mañana, ni siquiera pudo estar con ella en el momento de su muerte. Pero él no creía en su ¿Dios? por lo que éste podía hacer o por lo que quería hacer, lo amaba por lo que era.

“Lo conocí a mis diecisiete años, y desde entonces lo he amado”, me dijo.

Esa mañana, mientras hablaba con mi padre comprendí que yo necesitaba conocer al Creador de los cielos y la tierra para amarlo, no conocer sus actos, tampoco sus decisiones o su poder, yo necesitaba saber quién es él y cuál es su nombre.

Tres jóvenes judíos le conocieron, y aun cuando ese ¿Dios? permitió el cautiverio de la nación de estos jóvenes y aun cuando estaban siendo amenazados con ser echados a un horno de fuego sino adoraban a un dios dependiente de los hombres y al que tal vez llamaban dios con D mayúscula ellos declararon que el ¿Dios? a quien ellos conocieron tenía el poder de librarlos del horno de fuego y aclararon además que si él ya había decidido no librarlos igual no adorarían a ese dios echo por hombres. La historia dice que fueron echados al horno de fuego el ¿Dios? de ellos manifestó su compañía. He escuchado a muchos relatar esta historia, y cuando lo hacen muestran mayor asombro en el hecho de que esos jóvenes no fueron consumidos por el fuego, les asombra el poder del ¿Dios? de esos jóvenes y basándose en ese hecho dibujan a un ¿Dios? que premió la osada declaración de los jóvenes judíos.

Mi padre me hizo entender que lo importante de ese relato es que el ¿Dios? de ellos, que es el ¿Dios? de mi padre, los acompañó dentro del horno de fuego. Y ese es el mismo ¿Dios? que siglos más tarde acompañó a Juan el bautista en una celda hasta el día de su decapitación aun cuando ese Juan el bautista había señalado al Cristo como el Cordero de Dios. Comprendí que necesitaba conocer a ese ¿Dios? que conocieron aquellos jóvenes, a ese que había estado conmigo hasta ese día y de quien yo solo había anhelado sus actos. Comprendí que la historia del Lázaro resucitado no era tampoco tan asombrosa por la resurrección de ese hombre, sino porque ese ¿Dios?, el ¿Dios? de mi padre, manifestó su presencia, hecho hombre, a dos hermanas dolidas, y más asombroso aun: lloró con ellas. Y a pesar de que estas dos mujeres no hicieron alguna declaración victoriosa, o como la de aquellos tres jóvenes, decidió resucitarle al hermano.

Ese es el mismo ¿Dios? de quien Jacob, anciano y cansado, dijo: “…el ¿Dios? que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal…”. Y lo dijo a pesar de que, como dirían los reverendos, ese ¿Dios? “permitió” que su hijo desapareciera por años y “permitió” creerlo muerto, éste Jacob se expresó de esa forma a pesar de que, como dirían los reverendos, ese ¿Dios? “permitió” que Jacob viviera años sintiéndose culpable por la supuesta muerte de su hijo amado. Sin duda Jacob a su ¿Dios?, al ¿Dios? de mi padre. Y ese ¿Dios? no se cansó de presentarse a sí mismo como el ¿Dios? de Abraham, de Isaac y de Jacob; tres hombres que nunca hicieron una declaración de victoria, que murieron creyendo en una promesa que nunca vieron cumplida, que no serían tomados en cuenta jamás por una revista de hombres exitosos, que cometieron errores que hoy no les sería perdonado por ninguna organización religiosa, tres hombres que caminaron errantes, pero tres hombres que respondieron a la necesidad de tener una relación y conocer no a un ¿Dios? cuya imagen dependía de cómo ellos lo dibujaran, sino a un ¿Dios? que se presenta a sí mismo, a un ¿Dios? cuyo nombre e identidad es suficiente para desear conocerle y amarlo, de quien no es tan importante obtener favores, y sobre estos tres hombres dice la Escritura: “…Por lo cual no se avergüenza de llamarse ¿Dios? de ellos…”.

Han pasado nueve años desde aquella conversación con mi padre y esa conversación sigue siendo mi estrella al norte en este camino.

martes, 12 de mayo de 2009

UN ADORADOR...¿FUERA DE CONTEXTO?

Cuando él decidió participar en “Fama, Sudor y Lágrimas”, escuché los comentarios de sus compañeros de congregación, quienes en un tiempo dijeron ser sus hermanos:

“Dios no permitirá que pase de la primera fase porque está en desobediencia”

“Es un rebelde, cómo se le ocurre participar en un programa en el que tiene que cantar música mundana”

Más tarde, un líder de su congregación me comentó que lo habían cortado por su mal testimonio y por usar su talento para el mundo. Pero él continuó en el concurso, y el dios de la congregación de sus hermanos se descuidó pues pasó a la segunda fase. Al ganador del concurso el canal de televisión le grabaría su primera producción y la distribuiría, además de entregarle una considerable suma de dinero en efectivo. Su meta era ganar y no le importó la oposición de sus hermanos.

Al inicio del concurso dijo que si ganaba, con el dinero operarían a su madre, que lo necesitaba con urgencia. Durante tres meses los participantes, que una vez a la semana demostraban su talento, eran sometidos a la votación de los televidentes y a las críticas de los jueces y dependiendo de los resultados podían o no permanecer en el concurso e ir avanzando a las fases siguientes hasta llegar a la gran final.

Mientras esto sucedía en mi ciudad rodaba una carta, entre las congregaciones, que dejaba bien claro que el joven no contaba ya con la cobertura del pastor y el apoyo de la congregación, y que estaba descarriado. El descuido del dios de aquellos tuvo que ser más grande aun, pues él no solo pasó a la gran final sino que se convirtió en el único ganador del concurso. Esta vez los comentarios eran:

“Ganó el mundo pero perdió la salvación de su alma”

“Es una lastima porque pudo haber sido un adorador de la talla de fulano de tal, un verdadero instrumento de dios”

Recibió el dinero, grabó su primera producción. Sus canciones sonaban en las mejores estaciones radiales del país, en mi ciudad no había un productor radial que no quisiera entrevistarlo o algún programa de televisión que no quisiera contar con su presencia. En todos los eventos estaba él. Logró operar a su madre, pero después de tres meses murió. Según los que conocían al dios del descuido sentenciaron que la muerte de su madre era el castigo de su desobediencia y pecado. Él no ignoraba los comentarios a su alrededor, y pensé que era suficiente razón para sentir amargura en su corazón contra el cristianismo que conoció y que a lo mejor la imagen distorsionada del verdadero Dios proyectada a través de aquel dios descuidado y vengativo lo habría lanzado finalmente y de verdad por un camino errado y complicado.

Le perdí la pista por un par de años. Hace un par de meses asistí a un evento en el que él se presentaría. El lugar del evento no entra dentro de las esferas de sus hermanos que a fin de cuentas dejaron de serlo; no es un lugar para los adoradores de un dios descuidado y vengativo: por fortuna ya no es su dios y el mío tampoco. Hizo derroche de su talento por dos horas, cubriendo las expectativas, interpretando temas inéditos y temas de otros interpretes. Cuando ya cerraba el show pidió una vez más la atención de su público y guardamos silencio para escucharlo decir:

“Hace poco más de dos años yo no tenía recursos para operar a mi madre que lo necesitaba con urgencia, mucho menos para cumplir un sueño tan querido como lo era grabar una producción musical. Pero Dios tuvo misericordia de mí, por su bondad mi esfuerzo dio frutos, así gané un concurso que me dio la posibilidad de alcanzar mis dos únicos sueños para entonces. Por tres meses pude ver a mi madre sonreír como nunca antes, y le estaré eternamente agradecido a Dios, y a ustedes por el apoyo. Por esa razón quiero regalarles en exclusiva el primer promocional de mi segunda producción que saldrá a la venta en dos meses. Dedicado a Él por su cuidado y a ustedes por el apoyo”

Escuché el tema con mucha atención y curiosidad, era un sentimiento de agradecimiento a un Único y Verdadero Dios que es camino y libertad, que es amor y oportunidad. Lo escuché en silencio, sin poder evitar aplaudir mientras se despedía. Yo aplaudía a un joven de 23 años con valor y determinación, lo aplaudí por su comprensión, aun contra toda la opresión, de la existencia de un Dios que no se detiene, que opaca a los dioses ineptos que proyectan algunos para mantenerse a salvo de peligros inexistentes. Aplaudí porque aun existen adoradores que no pretenden ser fulanos de tal y que no utilizan figuras como congregaciones como mercados ni títulos como apariencias para venderse mejor, sino que se mantienen lejos de las comodidades absurdas, reflejando sentimientos que alumbran el camino a la libertad; y sobre todo porque aun hay adoradores que usan sus talentos para el mundo…

jueves, 12 de marzo de 2009

SIN DUDA...SOLO DIOS SATISFACE.

Saludos amigos blogueros. Hoy quiero presentarles a un amigo, un hermano, que además es hijo del pueblo legendario de El Consejo De Ciruma. Hace un tiempo publicó un blog que visito con frecuencia, y como le he dicho, suele dejar un grato sabor en el alma. Lo que leerán a continuación es escrito por él y publicado en su blog SOLO DIOS SATISFACE. Él lo ha titulado "Cinco de la Tarde". Espero que lo disfruten y les invito a visitarle.
"Recuerdo haber caminado por esa plaza pensando, miraba yo las palomas y los niños comiendo helados, en mi mente había un constante pensamiento, que aunque parecía aquietarse, regresaba con mayor furor, vi a una anciana cruzando lenta la calle, a un perro errante que lamía migas sobre un periódico viejo, también a chicos que jugueteaban en sus patinetas, a una pareja muy joven que estaba sobre el césped mirando al cielo.
Aquel pensamiento volvía a azotarme, no podía hacerme el ignorante. Caminé alrededor de una fuente de agua en la que había monedas, talvez de remotos deseos. Me senté junto a una niña que leía una historieta de amor, cerca de mi pasó una chica rubia que trotaba despacio, una pelota llegó a mis pies liego de haberse escapado de las frágiles manos de un bebé, al lanzársela las campanas de la antigua catedral avisaban las cinco de la tarde. Quise pasar por alto lo que tenía que afrontar, preferiría mil veces un examen de calculo diferencial a tener que vivir ese instante de angustia, un payaso hacía malabares rodeado de niños, esos que solo piensan en diversión, caminé sin estar seguro y sin terminar mi pensamiento, un triciclo se interpuso a mi paso, me detuve por menos de un instante, miré atrás y vi un grupo de chicos limpiabotas sonriendo entre sí con alegría.
Realmente hubiese preferido hacer cualquier cosa a tener que marchar, proseguí con rumbo indefinido, ya me alejaba de aquella plaza solo veía la estatua de un olvidado prócer sobre la que posaban dos gorriones café. Apenas oía a lo lejos el ruido de la melancólica campanilla del heladero, mi paso era firme cuando un mendigo me paralizó por completo, una enorme sonrisa adornaba su cara, sus anteojos negros brillaban con el sol, le di tres monedas o cuatro, no recuerdo realmente, pero sí el “Dios te ayude” que su arrugada boca pronunció, miré nuevamente hacía esa plaza, talvez pensando en perderme en la sonrisa de un niño y olvidar que ya eran las cinco de la tarde.
No se lo que pasó por mi mente; pero al poco rato estaba sentado sobre una caja de refrescos vacía, a mi mente llegó la imagen del corazón rosa que estampaba la historieta de aquella niña, sus blancas manos pasando hoja tras hoja, ya que eran las cinco; para ellos hora de mirar al cielo y del ejercicio rutinario, para mi no, no era yo uno de los niños que miraban alegres los trucos simples de un payaso, ni un gorrión que vagaba en el hombro de un personaje de antaño, no, ni siquiera la anciana que tenía suficiente tiempo para cruzar una avenida. Sentado, sin helados ni pelota, sin historieta de amor, ni sonrisas, no era siquiera una moneda oxidada en aquella vieja fuente.Sería fulminante tener que enfrentarme a aquello, yo que he desempeñado de guardacostas y domador… pero en fin, aquella plaza marcó en mi vida horas de incertidumbre, paralizado estático y con ánimo latente, miles de imágenes abordaban mi mente en un segundo: desaparecer en ese instante, ser un niño, un payaso o un tranquilo gorrión, todo menos darme cuenta que siendo las cinco de la tarde ya debía enfrentarme a mi cruel circunstancia, una plaza en la que hubiese querido ser una inerte estatua; que mis oídos estuviesen macizos en mármol, nunca haber oído el sonido de las campanas, las trenzas de mis zapatos se habían desatado, me incliné lentamente, poniendo el pie sobre un trozo de neumático antiguo, hice un lazo tras otro en el mismo zapato, pude ver una comunidad de hormigas alrededor de una galleta de chocolate, por instantes envidié a una de esas diminutas criaturas que llevan una vida aparentemente sencilla y sin complicaciones, para ellas no tendría ningún significado ver al reloj marcar las cinco de la tarde , seguirían en su trabajo, sin ningún conflicto.
Me levanté caminé erguido directamente hacia la parada de taxis, al cruzar la primera cuadra, vi dos muchachas que con algarabía hablaban en un teléfono público, un joven de arete y cabellera larga haciendo una bombita de goma de mascar, la vi explotar y él estaba tranquilo, creo que no le importaba que fueran las cinco de la tarde.Seguí mi camino sin olvidar la plaza, muy pronto ya esta frente a cinco autos sobre los cuales la luz del sol hacía un triste destello, un minuto más y estaría frente a la bestialidad que me aguardaba aquella hora, recordar las monedas en la fuente despertó en mi una sed repentina, de haber sido aquella rana no tendría sed ni estaría por abordar un taxi hacia la vertiginosa realidad, creo que de haber tomado toda el agua no hubiese podido aquietar mi sed."

martes, 3 de marzo de 2009

LOS OJOS DEL MAESTRO.

-¡Papá!- Exclamó el niño de seis años desde su cama al ver que su padre abandonaba la habitación sin el hábito nocturno. Éste, se detuvo al mismo tiempo que una sonrisa centellaba en su rostro.

-¿Qué sucede?- Preguntó aun de espalda a su hijo que guardó silencio observando a su padre volviendo hacia él y cuando lo sintió sentado a su lado, en la cama, le dijo abrazándolo:

-Sabía que no te irías sin contarme una historia- El padre acarició el cabello del pequeño, casi seguro de que el acto de contarle historias era tan satisfactorio para él mismo que superaba la emoción del niño al escucharlas.

-Hoy te contaré la mejor historia que puedas escuchar.

Su mirada se perdía entre imágenes que formaban parte de los recuerdos de su niñez. Fijó sus ojos en los de su hijo, el pequeño ubicó sus brazos detrás de la cabeza haciendo de ellos una cómoda almohada. El melancólico padre esperó hasta ver que el niño estaba listo para escucharlo. – Te contaré una historia de la que fui testigo-. Le dijo.

-Padre, ¿Eres el héroe de la historia?-. Interrumpió el niño acostumbrado a escuchar las hazañas de personajes heroicos, unos reales y otros ficticios, cuyos actos eran narrados con el fin de cultivar en él buenos principios y costumbres.

-No, aunque al día siguiente muchos comentaban mi intervención y algunos me atribuían un grado de heroísmo y otros aseguraban que fui un instrumento para el único y verdadero héroe de esta historia… No fui ni lo uno ni lo otro.

Sus ojos se humedecieron al instante, tuvo que luchar para no enmudecer a causa de la emoción y pronunciar así las siguientes palabras:

-Yo solo fui un afortunado… Años después supe que aquel día, el maestro, como lo llamaban entonces sus seguidores, solo quería apartarse de la gente, deseaba internarse en la soledad propia, lo necesitaba después de escuchar sobre la muerte de su primo Juan. Aquel día para mí, no fue un maestro… Fue mucho más…

Ese fue el inicio de su historia, y continuó:

- Pero aquel hombre nunca se doblegó ante el egoísmo, jamás priorizó sus necesidades por encima de las del prójimo. Mientras sus palabras podían impresionar al más pretensioso erudito y despertar el alma de cualquier ser humano vivo o muerto – sonrió por un momento – Sus actos, siempre en armonía con sus palabras, despertaban en el hombre la extraña ilusión de estar frente al Mesías. La tarde en la que quiso abrazar la soledad se vio interrumpida por una gran multitud, tal vez cinco mil personas le rodearon, tal vez diez mil ojos le observaron, y la misma cantidad de brazos se extendieron hacia él... Esperando recibir.

Inclinó su rostro, movido por una solemne indignación y con tono melancólico dijo: - …Sin nada que ofrecerle al maestro, ni siquiera apoyo, él que nunca esperó recibir nada y siempre estuvo dispuesto a dar – Levantó el rostro fijando nuevamente sus ojos sobre el niño para continuar:

-La noche nos sorprendió. Y todos, algunos más conformes que otros, decidimos partir. Cada cual a su refugio, sin preguntarse ninguno por la suerte del maestro bajo el manto de la noche. Pero Él no era un maestro; era el Mesías. Y sin siquiera tomar en cuenta la actitud de ninguno, tuvo compasión. No nos permitió partir, no sin antes alimentarnos a todos: a los conformes y a los inconformes. Yo paseaba entre la multitud con mi canasta, llevaba en ella cinco panecillos de cebada y dos pececillos. De repente alguien se acercó a mi y me dijo que le diera mi canasta que el maestro quería con ella alimentar a la multitud. Escuché murmurar a alguien que “era una locura”, unos me decían: “no se la des”, “quiere aprovecharse de tu inocencia”. Otros me dijeron que aquel era un bribón que quería alimentarse con mi vianda. Otros rieron pensando que el hombre que me pidió mi vianda en nombre del maestro hacía un chiste. Pero yo era un niño, no sabía sacar cuentas. Le entregué mi canasta y al cabo de unos minutos toda la multitud se alimentaba con mi vianda, incluso aquel que dijo que lo que pretendía el seguidor del maestro era una locura.

El niño escuchaba el relato fascinado. Como es de esperarse no mostró asombro adicional por la cantidad de hombres alimentados con la vianda de su padre. Es una virtud de los niños burlarse de las cifras que a los adultos enloquecen. A un niño le asombra el amor incondicional de sus padres, el latido de un cachorro que lo recibe cuando llega del colegio, la bondad de los abuelos, el canto de las aves sorprendidas por el amanecer, el color del cielo mientras se prepara para el abandono del sol y la llegada de la luna. ¡Pero números! Ni lo intentes, da igual un millón de estrellas sobre el cielo a una, de hecho para un niño una estrella siempre es suficiente.

El padre ajustó la cobija al cuerpo de su hijo, ritual con el que acostumbraba a anunciar los finales de sus historias. Y luego que hubo hecho esto con una nostalgia más notable prosiguió su relato:

-Cuando la multitud sació su hambre, los seguidores del maestro recogieron lo que sobró. Yo aproveché aquel momento para acercarme al maestro. Parecía distraído, tal vez pensaba en los buenos momentos que vivió junto con su primo Juan. Él estaba de espaldas, pero creo que sintió mi presencia porque volteó clavando su mirada directamente en mí. Vi sus ojos, no eran ojos de hombre, eran profundos y llenos de pasión; brillaban como el sol, ardían en el corazón. Sentí que estaba frente al mismo Dios. “Eres el Mesías”, pensé y al instante Él me sonrió; sentí que no había pensado, que había hablado con Él. Años después un hombre me dijo: “Vi al maestro colgado en un madero, azotado y burlado por los hombres, algo me hizo pensar que era más que un maestro porque sus ojos estaban llenos de paz en su notable agonía, pensé que estaba frente al mismo Mesías, de inmediato Él me miró fijamente y sonrió, creo que Él escuchó mis pensamientos”.

En ese momento el niño mostró gran asombro.

-Padre, es la mejor historia que me has contado -. El padre sintió que un sentimiento indescriptible su espíritu, pensó que realmente nada podía compararse con el acto de contarle historias a su hijo. El hijo sintió los labios de su padre sellando un beso en su frente al mismo tiempo que un par de lágrimas humedecían su cabello. Luego lo escuchó decir:

-Aquel día, mientras el sol se marchaba y la luna se mostraba tímida fui un niño afortunado. Cada vez que veo tus ojos recuerdo a aquel Mesías y siento que sigo siendo un niño, uno muy afortunado.

Así el padre abandonó la habitación tras recibir un abrazo de su pequeño que ya solo en la habitación con sus ojos cerrados pensó: “maestro, yo también creo que eres mi Dios”.

Y yo creo que desde el cielo Él mantiene sus ojos fijos sobre el niño, escuchando sus pensamientos, al mismo tiempo que una sonrisa se dibuja en su rostro.

martes, 10 de febrero de 2009

EL HOMBRE DEL CIGARRILLO.

Me senté en aquel banco con mis vicios. Para entonces era líder de un grupo familiar con un plazo de tres meses para multiplicar mi grupo y cumplir así con la meta que me había impuesto el supervisor de mi zona. Para cumplir con la meta debía alcanzar el número de 24 recién convertidos dispuestos a bautizarse y la capacitación de mi escudero para su ascenso al liderazgo. El primer líder de la zona en alcanzar la meta impuesta sería promovido como supervisor de zona. Y el supervisor cuya zona alcanzara el mayor número de grupos familiares multiplicados sería promovido a su vez a pastor de distrito.

Comenzaba el trimestre y se acercaba el primer día de planificación en el que debía presentar a mi equipo de trabajo el plan que nos permitiría llegar a la meta y ese día también era mi deber hacer el nombramiento de mi escudero, el anfitrión, el tesorero y los dos diáconos. La planificación incluiría actividades espirituales con el equipo de trabajo (ayunos, cadenas de oraciones, evangelismo, etc.)

En aquel tiempo no estaba consciente pero hoy puedo definir mi vicio: “ambición”. Yo deseaba ser promovido solo para alcanzar una posición respetable dentro de mi círculo, no por el servicio que podía prestar desde allí, sino para estar por encima de los líderes. Esto empañó completamente mi visión del evangelio y del evangelismo. Lo primero era para mí una plataforma para desarrollar y demostrar mis habilidades y lo segundo era el mecanismo para mantenerme dentro de esa plataforma. Así, ayuno, oración y mi tarea de discipular eran simples herramientas que me mantenían activo y dentro del círculo. Las almas (además de “piedras en mi corona”) eran los peldaños de la escalera hacia los próximos niveles.

¡Cuán dañinos pueden ser los vicios del alma!

Un hombre se sentó a mi lado. Traía un cigarrillo en su mano. Lo miré solo por un momento porque me fastidió el olor del cigarrillo, su aspecto me decía que tenía entre 40 y 50 años de edad. Notó mi incomodidad por el humo, pidió disculpas y de inmediato se presentó como profesor de la Universidad a unas cuadras de la plaza, me dijo que acostumbraba a sentarse allí unos minutos después de dar algunas cátedras.

- “Es un ritual de cinco años”, dijo sonriendo.

Yo estaba demasiado ocupado pensando en mi plan de trabajo como para desarrollar una conversación con un hombre de tal vez 50 años y además vicioso. Él insistía en conversar y después de señalar que yo era muy joven me preguntó si estudiaba. Le contesté que sí, sin mirarlo, que hacía el segundo semestre de ciencias pedagógicas en la mención de orientación (fui específico para evitar otra pregunta). Guardó silencio unos segundos y luego escuché de sus labios una pregunta que no esperaba de un hombre con un cigarrillo en la mano:

- “¿Sabes que el hombre necesita salvación y para ello Dios envió a su Hijo Jesucristo?”.

No respondí a su pregunta, de hecho, me levanté de inmediato y solo le dije: “discúlpeme pero tengo muchas cosas por hacer”. Seguí mi camino pensando en “qué clase de cristiano era ese que pretendía evangelizarme con un vicio en su manos”.

Hoy puedo responder que sin duda alguna era una clase de cristiano mucho mejor de lo que yo era. Hoy prefiero morir de cáncer en los pulmones y no tener el alma empañada por aquel vicio. Y creo que otros preferirían ser fastidiados con el humo de un cigarrillo y no recibir la formación que, influenciado por mis vicios, podía ofrecerles.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

LO HE DICHO ANTES: ÉL ES MI HÉROE.

Mi hijo preguntó:

- ¿Papi, puedo hacer castillos de arena?

Yo respondí:

- No hijo, ya está oscureciendo. No es hora de hacer castillos de arena.

Mi hijo miró al cielo, supongo que para ver que ciertamente el sol se ocultaba. Luego posó su mirada en el horizonte y tras una pausa silenciosa me miró y nuevamente preguntó:

- ¿Papi, puedo hacer castillos de arena?

Creyendo oportuno el momento y correcta la lección lo senté en mis piernas y amorosamente le dije:

- Hijo, hay preguntas que, sin importar cuántas veces preguntes, siempre tendrán las mismas respuestas.

Debo confesar que sentí tristeza al decirlo, por él y por mi.

Tristeza por él pues sabía que en verdad quería jugar con la arena, y odio negarle sus peticiones y créanme no exagero en la forma como lo digo, realmente odio hacerlo; tengo serias razones para ello, tal vez un día les cuente, por ahora es una de esas historias que no quiero escribir.

También tristeza por mi porque de inmediato pensé en las preguntas a las que creí haber renunciado pero que nuevamente arden en mi alma por estos días. Pensé en mi vano esfuerzo por ignorarlas y no pronunciarlas otra vez; en mi resignación que no termina de sobrevivir.

Suspiré al ver los ojos de mi hijo al escuchar mi estúpida explicación. Su mirada parecía apagarse al igual que su ilusión de obtener otra respuesta. “Tal vez esa sea la expresión de mis ojos, tal vez algunos lo ven o tal vez no por mi esfuerzo al disimularlo”, no lo pensé en ese momento, lo pienso ahora mientras escribo.

Mi hijo bajó de mis piernas y se paró frente a mí y con una tonta sonrisa y sus brazos abiertos me dijo:

- Pero papi, yo sé que puedes darme otra respuesta… ¿Me dejas jugar con la arena?

Juro que quise llorar, quise hacer mía su tonta sonrisa.

- Ve hijo, ve a jugar con la arena. Yo voy a estar viéndote desde aquí. Todavía no está tan oscuro.

Hoy, tres días después, sigo pensando en ello. Y lo admito, me falta mucho por aprender… Quizá deba sentar a mi hijo en mis piernas con más frecuencia…

Lo he dicho antes: él es mi héroe.

lunes, 25 de agosto de 2008

LA CUMBRE DEL PISGA.

120 años… Podemos decirlo en dos segundos, pero los 120 años de vida de este hombre no podrían resumirse en 24 horas…

“120 años…” Creo que lo escucho murmurar… Sus ojos cansados miran la cumbre delante de él. “Quien lo diría”…

Me pregunto cuántas cumbres han visto sus ancianos ojos. Sus pies también están cansados, es que la caminata ha sido larga en 120 años
.
“Vamos, tranquilos esta será nuestra última cumbre”, susurra mirando sus pies con un tono distante a la alegría.

Sucede, amigos, que ese es el problema. A veces nuestros pies aman las escaladas, odian el reposo, sueñan con la próxima cúspide aun cuando no terminan de alcanzar la presente. El corazón odia aceptar que ha llegado el fin, porque aprendió a alimentar sus latidos con la idea de una próxima aventura. Pero él lo sabe, acabaron las aventuras y ha llorado toda una noche por saberlo y a pedido con todas sus fuerzas un cambio de decisión, pero el veredicto es firme y se mantiene esta mañana. ¡Cómo duelen algunos veredictos! ¡Cómo golpean a veces las decisiones de Dios! En ocasiones parece que se hace ajeno al dolor humano, tan frío y distante.

Aun así, 120 años le han enseñado a aceptar la aparente frialdad en sus decisiones, a disipar esa rebelión que se asoma en el corazón, a callar esas voces que te hablan mal de Él, que te tientan a desobedecer y cubrirte con tontas justificaciones. Es cierto, no siempre puedes callar esas voces, ni siquiera con 120 años, pero puedes ignorarlas.

Nunca había estado tan cansado, la noche fue dura con él. ¡Oh sí! La noche antes de una última cumbre anunciada suele ser dura y cruel, azota el alma, congela el corazón, humilla tus pies haciéndote permanecer de rodilla ante ella, desgasta tus lágrimas, trastorna tu voz. Son noches de terror. Y al amanecer solo puedes estar cansado y paradójicamente es lo que necesitas para escalar una última cumbre sin perderte de cada detalle en el camino, solo estar cansado.

Su mano derecha se apoya sobre una rústica e improvisada vara. Antes de dar su primer paso desea mirar hacia atrás, pero sería añadir otra carga a sus hombros. Hay momentos en los que es mejor no mirar atrás, no llevar fotografías consigo. Yo he tenido que guardarlas muchas veces. Y duele hacerlo, pero es necesario.

“¿Qué esperas?, es el momento de avanzar”. Se dice a sí mismo. No lo había notado antes, pero su voz suena a vejez, se siente temblorosa. Y así una multitud lo ve partir al Pisga. El sol se asoma entre las nubes, mirando con silencioso respeto, hoy a decidido permanecer escondido, es que este anciano merece un día nublado; el viento juega con su cabello, juega como nunca antes lo ha hecho porque sabe que será la última partida, lo hace sutilmente para no distraerle. Hoy los ángeles guardan distancias, no quieren estorbar, se sienten torpes antes la emoción de un final no imaginado. Hoy Dios a decidido callar, su silencio es una canción de amor, y anhela tanto que sea escuchada por aquel anciano.
La caminata continúa mientras un extraño conocimiento va naciendo en su alma e inicia un dialogo con el silencio por no tener más compañía.

“Todos estos años, he caminado el sendero correcto, pero con la mira en la meta equivocada”.

No se necesitan 120 años para descubrirlo, ni una última caminata, pero amigos, si se necesita subir a la cumbre del Pisga, y por lo general se necesita subir una y otra vez. En cada escalada el paisaje es nuevo. Es que solemos perder el norte, porque tenemos esa incomprensible manía de ser atraídos por glorias baratas y logros pasajeros, y en ese intento desmejoramos nuestra condición, obstinados en ser siervos cuando somos hijos.

“He guiado a un pueblo a la puerta de una tierra prometida, y deseada por ellos, y deseada por mí… Pero todo indica que más que el pueblo y yo Dios arde en su deseo de ver a Israel en aquella tierra”. Continúa su dialogo.

¿Qué podría haber en esa tierra que despierta tal pasión en Dios? Sin duda su deseo es despertado por mucho más que leche y miel. Y sin sospechar aun que el deseo de Dios arde porque el pueblo podrá encontrar en Canaán lo que él encontrará en la cumbre sigue su camino mientras el silencio late en su corazón.

La cumbre se hace más cercana y decide que es el momento de reposar. Deja caer su cuerpo sobre una roca que ha sido guardada por siglos en ese lugar, para ese momento. Suelta la vara y un suspiro. Sonríe al ver a su lado, junto a la roca, una zarza.

“Hoy no arderás”, murmura con humor al observarla. Y recuerda aquel día, aquella voz entonces desconocida, voz que susurró su nombre dándole un mejor significado. Aquel día no recibió un llamado, liberar al pueblo era solo una excusa, hoy lo está descubriendo. Renacen los recuerdos de aquel encuentro mientras sus ojos permanecen firmes en la zarza.
“Que manera tan original de seducir a un humano herido por sus propios errores… No fue tu poder el que hizo arder la zarza… Fue tu amor… Aquel día me atrajiste, me enamoraste… Y a eso le temía, por eso mis excusas, le temía a tu amor”.

Nosotros usamos rosas y pintamos palabras, él usa zarzas que arden con su pasión. Dios sabe de arte. Desde una zarza pronuncia nuestros nombres, cuando Gusmar, Gabriela, Beatriz, Keila, Isa, Carlos, Guillermo, Patricia, Hebrym, Carmen, Mario, Enrique, Claudia… parecen simples nombres, en sus labios son poesía. Poesía que sana… Que separa. ¡Qué voz la suya, melodiosa, que seduce y enamora, que da sentido y despierta!

Toma de nuevo su vara, y recuerda ese día frente al mar rojo, solo llevaba una vara en su mano, lo mismo que lleva hoy a la cumbre. Sonríe mientras piensa: “Otra vez era solo tu amor”. Y camina mientras un rayo atraviesa su corazón “Hoy es mí amor también”. Y ya está en la cumbre del Pisga.

En la cumbre observa el destino de un pueblo que ha dejado atrás y ahora entiende que aquella tierra también es una excusa, una excusa que lleva al pueblo al mismo destino a donde hoy desde la cumbre irá él. Un lugar donde separado de intereses tontos puedes entender que solo importan Él y tú, donde comprendes que cada decisión suya te lleva a sus brazos, y te enamoras de Él y de ti en Él. Nada más puede atraerte. Y otras cumbres se vuelven nada. Y no quieres volver, ni la leche ni la miel te atraen, ni una tierra fructífera roba tu atención. Solo existe Él y tú en Él. Moisés sonríe, como nunca ha sonreído. Y da gracias, como nunca las ha dado. Ángeles suspiran, no esperaron esto nunca, suspiran asombrados del arte de Dios. Y Dios llama a un anciano a su presencia. Del mar a la casa del Faraón, de la casa del Faraón a Madián, de Madián a la Casa de Israel, de allí al desierto, del desierto a la puerta de Canaán, luego al Pisga donde se encuentra con Dios, donde nunca más será un forastero.

En la cumbre del Pisga hoy el viento lo busca para jugar con su cabello, el sol da su espalda a las nubes mostrando todo su esplendor, desesperado por encontrar al anciano. En la cumbre del Pisga se pasean hoy ángeles envidiosos del destino de aquel mortal. Pero Dios lo ha escondido, un día tú y yo compartiremos su escondite.

Señor, llévanos a la cumbre del Pisga.

jueves, 17 de julio de 2008

HISTORIAS DE CISTERNAS, CUEVAS Y CARCELES. (Septima Parte)

Cárceles... Para mí es complicado hablar de cárceles... Es que aun siento fresco el olor a barrotes humedecidos por la lluvia, siente cerca el trauma por el encierro. Pero es un tema importante, para muchos no, pero para ti y para mi si lo es. Más que importante es necesario, claro es mucho más atractivo hablar del día de la liberación, pero no podemos saltar hasta ese momento. Hay detalles importantes que no deben obviarse. Y es cierto, a nadie le gusta hablar sobre su estadía en la cárcel. Sin embargo, Dios ha pensado en ello y ha grabado para nosotros algunas de esas historias que muchos no contarían.

Tal vez suene cruel al decirlo, pero de las historias de cárceles la siguiente es mi favorita. Tal vez compartan mi apreciación al final. No sé quien fue el primero en llamarlo profeta llorón, pero personalmente me molesta que sea llamado así. Quien lo hizo seguramente nunca ha estado encarcelado y no sabe nada de la sensibilidad de un profeta que lo abandonó todo y fue abandonado por todos a causa de su servicio a Dios y a su pueblo. Aunque no hizo jamás descender fuego del cielo, ni ordenó sequía en tiempo de lluvia este hombre era movido por una pasión sobrenatural y tenía la habilidad de encontrar en medio de la cotidianidad la voz de Dios. Daría lo que fuera para poseer tal habilidad, sé que tu también, y precisamente esa es la razón de ser de las cárceles, aun cuando suena aterrador.
Cuando este hombre recibió lo que algunos han definido como el llamado (lo que me parece un término muy mítico para una acción que glorifica el carácter de Dios y Su gracia y no la posición de un hombre, pero este es otro tema que tal vez algún día comente) no pensó jamás, no creyó, no imaginó la posibilidad de estar en una cárcel, éstas fueron creadas para delincuentes, después de todos entre los sinónimos de profeta no podría estar nunca "cárcel". Además cuando fue comisionado Dios no mencionó la cárcel. Pero él sabía sobre el riesgo de su comisión así que expresó no estar preparado... Pero Dios le regaló una promesa de protegerle y hacerlo poderoso frente a sus opresores. Y no me pregunten por qué lo digo, de hecho, no tengo bases teológicas para afirmarlo, pero puedo asegurarles que tales palabras no produjeron en él ambición alguna pero sí infundieron la tranquilidad que un hombre y una mujer necesita para dedicar su vida a un genuino servicio a Dios.

Así que emprendió su viaje, porque eso es servir a Dios, una caminata, un recorrido por uno de los senderos más extraños, donde abundan las cisternas cuevas y cárceles, pero que nos lleva al destino más especial, más hermoso, es que es más que un viaje de autorrealización, mucho más que encontrarnos a nosotros mismos, mejor que descubrir nuestro yo interno, este camino ofrece mejor resultado que el humanismo, que el psicoanálisis y cualquier filosofía creada a través de la historia. Es un viaje que nos lleva más allá de cuatro paredes que encierran a una religión, y nos eleva por encima de cualquier rito racional o culto. Amo este sendero, en el que aun las cárceles ofrecen una libertad difícil de describir, es que viajamos hacia el más glorioso de los conocimientos, vamos rumbo al conocimiento de Dios.
Este hombre al que ahora podemos llamar profeta vive experiencias jamás imaginadas, desarrolla habilidades que van más allá de lo natural, siente la compañía de Dios en todo momento. Pero también ha sentido la nostalgia de un forastero, que te lleva a añorar el lugar de donde saliste a causa de tu comisión, nostalgia que pocos pueden sentir. Y aun añorando su lugar, sabe bien que no podría volver porque allá en su pueblo, en aquella aldea de Benjamín, en Anatot, ya no hay lugar para él. Esa nostalgia que produce haber tenido una vida tranquila y normal con la que de igual forma ya no sabrías vivir conforme. Este profeta también a llorado traiciones, a lamentado soledades, a sentido la ira que producen los prejuicios, pero hoy, hoy es el peor día de su vida, hoy no entiende, hoy no hay mañana, es que hoy está en una cárcel siendo justo. Y hoy, parece haber descubierto que su injusta condena es perpetua, y al respecto Dios ha decidido no decir nada.

De manera que este justo y paciente profeta a decidido cuestionar a Dios y a gritado sus quejas, eso es lo que produce una cárcel. Saca lo malo de ti, lo manifiesta.
¿Por qué querría Dios sacar lo malo de ti?
Porque no lo quiere más en ti, porque desea que te hagas conciente de las características negativas de tu condición humana, porque conciente de ellas tendrás dos opciones: ignorarlo o trabajar en ellas.
Durante años en mí inculcaron la falsa creencia de que quejarse ante Dios es pecado, pero si Dios produce circunstancias que estimulan las quejas, acaso ¿quiere Dios que pequemos, nos arroja hacia el pecado? Entonces yo me quejaba cuando era inevitable y en mí quedaba el sabor amargo de haber pecado, y esto me lastimaba aun más obstaculizando mi relación con Dios, cuando las quejas son las respuestas naturales ante el dolor. Se le puede llamar pecado cuando nos lleva a una acción negativa, pero al quejarnos debemos identificar el dolor que la produce y buscar la cura inmediata y pertinente para el mismo, lo cual sería un comportamiento positivo, y he aquí la llave que abrirá la celda de nuestra cárcel.
Dios escucha la queja de este profeta, no le interrumpe pues sabe la importancia de escucharlo, y aun más de que él se escuche a sí mismo. En las cárceles es imposible no escucharte a ti mismo. Años antes un hombre ha generado todo un libro de quejas, y Dios le ha permitido expresarlas todas, guardando silencio hasta el momento oportuno, su momento. Esa es la razón de ese silencio odioso de Dios en las cárceles. Él no necesita hablar, necesita que tu hables. Él guardará silencio hasta asegurarse de que has sacado a la luz, a su luz, esas quejas guardadas que han echo pesado tu viaje hasta este momento. Es por ello que su silencio no puede interpretarse como ausencia, su silencio es la mejor compañía en nuestras cárceles, y debemos reconocer su compañía por el silencio.

Sé que les prometí un buen final, pero permítanme presentarles el final de esta historia de cárcel, junto a otras en un próximo post.