lunes, 25 de agosto de 2008

LA CUMBRE DEL PISGA.

120 años… Podemos decirlo en dos segundos, pero los 120 años de vida de este hombre no podrían resumirse en 24 horas…

“120 años…” Creo que lo escucho murmurar… Sus ojos cansados miran la cumbre delante de él. “Quien lo diría”…

Me pregunto cuántas cumbres han visto sus ancianos ojos. Sus pies también están cansados, es que la caminata ha sido larga en 120 años
.
“Vamos, tranquilos esta será nuestra última cumbre”, susurra mirando sus pies con un tono distante a la alegría.

Sucede, amigos, que ese es el problema. A veces nuestros pies aman las escaladas, odian el reposo, sueñan con la próxima cúspide aun cuando no terminan de alcanzar la presente. El corazón odia aceptar que ha llegado el fin, porque aprendió a alimentar sus latidos con la idea de una próxima aventura. Pero él lo sabe, acabaron las aventuras y ha llorado toda una noche por saberlo y a pedido con todas sus fuerzas un cambio de decisión, pero el veredicto es firme y se mantiene esta mañana. ¡Cómo duelen algunos veredictos! ¡Cómo golpean a veces las decisiones de Dios! En ocasiones parece que se hace ajeno al dolor humano, tan frío y distante.

Aun así, 120 años le han enseñado a aceptar la aparente frialdad en sus decisiones, a disipar esa rebelión que se asoma en el corazón, a callar esas voces que te hablan mal de Él, que te tientan a desobedecer y cubrirte con tontas justificaciones. Es cierto, no siempre puedes callar esas voces, ni siquiera con 120 años, pero puedes ignorarlas.

Nunca había estado tan cansado, la noche fue dura con él. ¡Oh sí! La noche antes de una última cumbre anunciada suele ser dura y cruel, azota el alma, congela el corazón, humilla tus pies haciéndote permanecer de rodilla ante ella, desgasta tus lágrimas, trastorna tu voz. Son noches de terror. Y al amanecer solo puedes estar cansado y paradójicamente es lo que necesitas para escalar una última cumbre sin perderte de cada detalle en el camino, solo estar cansado.

Su mano derecha se apoya sobre una rústica e improvisada vara. Antes de dar su primer paso desea mirar hacia atrás, pero sería añadir otra carga a sus hombros. Hay momentos en los que es mejor no mirar atrás, no llevar fotografías consigo. Yo he tenido que guardarlas muchas veces. Y duele hacerlo, pero es necesario.

“¿Qué esperas?, es el momento de avanzar”. Se dice a sí mismo. No lo había notado antes, pero su voz suena a vejez, se siente temblorosa. Y así una multitud lo ve partir al Pisga. El sol se asoma entre las nubes, mirando con silencioso respeto, hoy a decidido permanecer escondido, es que este anciano merece un día nublado; el viento juega con su cabello, juega como nunca antes lo ha hecho porque sabe que será la última partida, lo hace sutilmente para no distraerle. Hoy los ángeles guardan distancias, no quieren estorbar, se sienten torpes antes la emoción de un final no imaginado. Hoy Dios a decidido callar, su silencio es una canción de amor, y anhela tanto que sea escuchada por aquel anciano.
La caminata continúa mientras un extraño conocimiento va naciendo en su alma e inicia un dialogo con el silencio por no tener más compañía.

“Todos estos años, he caminado el sendero correcto, pero con la mira en la meta equivocada”.

No se necesitan 120 años para descubrirlo, ni una última caminata, pero amigos, si se necesita subir a la cumbre del Pisga, y por lo general se necesita subir una y otra vez. En cada escalada el paisaje es nuevo. Es que solemos perder el norte, porque tenemos esa incomprensible manía de ser atraídos por glorias baratas y logros pasajeros, y en ese intento desmejoramos nuestra condición, obstinados en ser siervos cuando somos hijos.

“He guiado a un pueblo a la puerta de una tierra prometida, y deseada por ellos, y deseada por mí… Pero todo indica que más que el pueblo y yo Dios arde en su deseo de ver a Israel en aquella tierra”. Continúa su dialogo.

¿Qué podría haber en esa tierra que despierta tal pasión en Dios? Sin duda su deseo es despertado por mucho más que leche y miel. Y sin sospechar aun que el deseo de Dios arde porque el pueblo podrá encontrar en Canaán lo que él encontrará en la cumbre sigue su camino mientras el silencio late en su corazón.

La cumbre se hace más cercana y decide que es el momento de reposar. Deja caer su cuerpo sobre una roca que ha sido guardada por siglos en ese lugar, para ese momento. Suelta la vara y un suspiro. Sonríe al ver a su lado, junto a la roca, una zarza.

“Hoy no arderás”, murmura con humor al observarla. Y recuerda aquel día, aquella voz entonces desconocida, voz que susurró su nombre dándole un mejor significado. Aquel día no recibió un llamado, liberar al pueblo era solo una excusa, hoy lo está descubriendo. Renacen los recuerdos de aquel encuentro mientras sus ojos permanecen firmes en la zarza.
“Que manera tan original de seducir a un humano herido por sus propios errores… No fue tu poder el que hizo arder la zarza… Fue tu amor… Aquel día me atrajiste, me enamoraste… Y a eso le temía, por eso mis excusas, le temía a tu amor”.

Nosotros usamos rosas y pintamos palabras, él usa zarzas que arden con su pasión. Dios sabe de arte. Desde una zarza pronuncia nuestros nombres, cuando Gusmar, Gabriela, Beatriz, Keila, Isa, Carlos, Guillermo, Patricia, Hebrym, Carmen, Mario, Enrique, Claudia… parecen simples nombres, en sus labios son poesía. Poesía que sana… Que separa. ¡Qué voz la suya, melodiosa, que seduce y enamora, que da sentido y despierta!

Toma de nuevo su vara, y recuerda ese día frente al mar rojo, solo llevaba una vara en su mano, lo mismo que lleva hoy a la cumbre. Sonríe mientras piensa: “Otra vez era solo tu amor”. Y camina mientras un rayo atraviesa su corazón “Hoy es mí amor también”. Y ya está en la cumbre del Pisga.

En la cumbre observa el destino de un pueblo que ha dejado atrás y ahora entiende que aquella tierra también es una excusa, una excusa que lleva al pueblo al mismo destino a donde hoy desde la cumbre irá él. Un lugar donde separado de intereses tontos puedes entender que solo importan Él y tú, donde comprendes que cada decisión suya te lleva a sus brazos, y te enamoras de Él y de ti en Él. Nada más puede atraerte. Y otras cumbres se vuelven nada. Y no quieres volver, ni la leche ni la miel te atraen, ni una tierra fructífera roba tu atención. Solo existe Él y tú en Él. Moisés sonríe, como nunca ha sonreído. Y da gracias, como nunca las ha dado. Ángeles suspiran, no esperaron esto nunca, suspiran asombrados del arte de Dios. Y Dios llama a un anciano a su presencia. Del mar a la casa del Faraón, de la casa del Faraón a Madián, de Madián a la Casa de Israel, de allí al desierto, del desierto a la puerta de Canaán, luego al Pisga donde se encuentra con Dios, donde nunca más será un forastero.

En la cumbre del Pisga hoy el viento lo busca para jugar con su cabello, el sol da su espalda a las nubes mostrando todo su esplendor, desesperado por encontrar al anciano. En la cumbre del Pisga se pasean hoy ángeles envidiosos del destino de aquel mortal. Pero Dios lo ha escondido, un día tú y yo compartiremos su escondite.

Señor, llévanos a la cumbre del Pisga.

4 comentarios:

El Peregrino dijo...

Preciosa historia sobre semejante personaje, héroe de la fe. Una parada para verlo más humano y menos "líder", más cercano, frágil y necesitado de Dios, con fuerzas que se acaban y esperanzas que se encienden por ver el reposo anhelado, no el de la tierra prometida, sino el que es mayor y mejor que ese...

Te felicito Gusmar, me ha gustado mucho este post.

Gusmar Sosa dijo...

Me alegra que te guste, y que encuentres algo para tí. Saludos brother.

Patricia Fiorella dijo...

una zarza pronuncia nuestros nombres,en sus labios somos poesía, claro que si amigo y es cierto Dios habla y yo no quiero quedarme quieta es dificil, aveces hasta podemos cansarnos pero el estara a nuestro lado siempre

Gusmar Sosa dijo...

Claro Patty y es un secreto que muchos no saben, porque no quieres, pero tu lo tienes.