jueves, 17 de julio de 2008

HISTORIAS DE CISTERNAS, CUEVAS Y CARCELES. (Septima Parte)

Cárceles... Para mí es complicado hablar de cárceles... Es que aun siento fresco el olor a barrotes humedecidos por la lluvia, siente cerca el trauma por el encierro. Pero es un tema importante, para muchos no, pero para ti y para mi si lo es. Más que importante es necesario, claro es mucho más atractivo hablar del día de la liberación, pero no podemos saltar hasta ese momento. Hay detalles importantes que no deben obviarse. Y es cierto, a nadie le gusta hablar sobre su estadía en la cárcel. Sin embargo, Dios ha pensado en ello y ha grabado para nosotros algunas de esas historias que muchos no contarían.

Tal vez suene cruel al decirlo, pero de las historias de cárceles la siguiente es mi favorita. Tal vez compartan mi apreciación al final. No sé quien fue el primero en llamarlo profeta llorón, pero personalmente me molesta que sea llamado así. Quien lo hizo seguramente nunca ha estado encarcelado y no sabe nada de la sensibilidad de un profeta que lo abandonó todo y fue abandonado por todos a causa de su servicio a Dios y a su pueblo. Aunque no hizo jamás descender fuego del cielo, ni ordenó sequía en tiempo de lluvia este hombre era movido por una pasión sobrenatural y tenía la habilidad de encontrar en medio de la cotidianidad la voz de Dios. Daría lo que fuera para poseer tal habilidad, sé que tu también, y precisamente esa es la razón de ser de las cárceles, aun cuando suena aterrador.
Cuando este hombre recibió lo que algunos han definido como el llamado (lo que me parece un término muy mítico para una acción que glorifica el carácter de Dios y Su gracia y no la posición de un hombre, pero este es otro tema que tal vez algún día comente) no pensó jamás, no creyó, no imaginó la posibilidad de estar en una cárcel, éstas fueron creadas para delincuentes, después de todos entre los sinónimos de profeta no podría estar nunca "cárcel". Además cuando fue comisionado Dios no mencionó la cárcel. Pero él sabía sobre el riesgo de su comisión así que expresó no estar preparado... Pero Dios le regaló una promesa de protegerle y hacerlo poderoso frente a sus opresores. Y no me pregunten por qué lo digo, de hecho, no tengo bases teológicas para afirmarlo, pero puedo asegurarles que tales palabras no produjeron en él ambición alguna pero sí infundieron la tranquilidad que un hombre y una mujer necesita para dedicar su vida a un genuino servicio a Dios.

Así que emprendió su viaje, porque eso es servir a Dios, una caminata, un recorrido por uno de los senderos más extraños, donde abundan las cisternas cuevas y cárceles, pero que nos lleva al destino más especial, más hermoso, es que es más que un viaje de autorrealización, mucho más que encontrarnos a nosotros mismos, mejor que descubrir nuestro yo interno, este camino ofrece mejor resultado que el humanismo, que el psicoanálisis y cualquier filosofía creada a través de la historia. Es un viaje que nos lleva más allá de cuatro paredes que encierran a una religión, y nos eleva por encima de cualquier rito racional o culto. Amo este sendero, en el que aun las cárceles ofrecen una libertad difícil de describir, es que viajamos hacia el más glorioso de los conocimientos, vamos rumbo al conocimiento de Dios.
Este hombre al que ahora podemos llamar profeta vive experiencias jamás imaginadas, desarrolla habilidades que van más allá de lo natural, siente la compañía de Dios en todo momento. Pero también ha sentido la nostalgia de un forastero, que te lleva a añorar el lugar de donde saliste a causa de tu comisión, nostalgia que pocos pueden sentir. Y aun añorando su lugar, sabe bien que no podría volver porque allá en su pueblo, en aquella aldea de Benjamín, en Anatot, ya no hay lugar para él. Esa nostalgia que produce haber tenido una vida tranquila y normal con la que de igual forma ya no sabrías vivir conforme. Este profeta también a llorado traiciones, a lamentado soledades, a sentido la ira que producen los prejuicios, pero hoy, hoy es el peor día de su vida, hoy no entiende, hoy no hay mañana, es que hoy está en una cárcel siendo justo. Y hoy, parece haber descubierto que su injusta condena es perpetua, y al respecto Dios ha decidido no decir nada.

De manera que este justo y paciente profeta a decidido cuestionar a Dios y a gritado sus quejas, eso es lo que produce una cárcel. Saca lo malo de ti, lo manifiesta.
¿Por qué querría Dios sacar lo malo de ti?
Porque no lo quiere más en ti, porque desea que te hagas conciente de las características negativas de tu condición humana, porque conciente de ellas tendrás dos opciones: ignorarlo o trabajar en ellas.
Durante años en mí inculcaron la falsa creencia de que quejarse ante Dios es pecado, pero si Dios produce circunstancias que estimulan las quejas, acaso ¿quiere Dios que pequemos, nos arroja hacia el pecado? Entonces yo me quejaba cuando era inevitable y en mí quedaba el sabor amargo de haber pecado, y esto me lastimaba aun más obstaculizando mi relación con Dios, cuando las quejas son las respuestas naturales ante el dolor. Se le puede llamar pecado cuando nos lleva a una acción negativa, pero al quejarnos debemos identificar el dolor que la produce y buscar la cura inmediata y pertinente para el mismo, lo cual sería un comportamiento positivo, y he aquí la llave que abrirá la celda de nuestra cárcel.
Dios escucha la queja de este profeta, no le interrumpe pues sabe la importancia de escucharlo, y aun más de que él se escuche a sí mismo. En las cárceles es imposible no escucharte a ti mismo. Años antes un hombre ha generado todo un libro de quejas, y Dios le ha permitido expresarlas todas, guardando silencio hasta el momento oportuno, su momento. Esa es la razón de ese silencio odioso de Dios en las cárceles. Él no necesita hablar, necesita que tu hables. Él guardará silencio hasta asegurarse de que has sacado a la luz, a su luz, esas quejas guardadas que han echo pesado tu viaje hasta este momento. Es por ello que su silencio no puede interpretarse como ausencia, su silencio es la mejor compañía en nuestras cárceles, y debemos reconocer su compañía por el silencio.

Sé que les prometí un buen final, pero permítanme presentarles el final de esta historia de cárcel, junto a otras en un próximo post.

8 comentarios:

Jenny dijo...

Cuan identificada me he sentido con este post, gracias por ellos y seguire esperando los que vengan
Un gran abrazo

Isa dijo...

Mi querido Gusmar: después de tanto tiempo de andar fuera de la blogósfera, je,je, así lo leí "rondando por ahí" regreso de nuevo a tu blog y lo encuentro ¡super!. Sinceramente que me encuentro con que estás escribiendo ¡de mi Jeremías! y comparto contigo lo que dices acerca del porqué le pusieron "el profeta llorón", sinceramente que se me hace injusto, tal pareciera que no se puede comprender el dolor de ver a las personas perderse por su soberbia y por no querer escuchar y obedecer la palabra de Dios, tal cual lo hacemos nosotros muchísimas veces.
Muy lindo tu post querido hermano, sigue escribiendo así, guiado por el Señor.
Saludos.

Gusmar Sosa dijo...

Hola Jenny, y vienen m�s, pues falta algunos de c�rceles y otros de cisternas.Espero que sean de bendici�n para ti, tanto como lo han sido para m� desde el momento en que los escribo en mi coraz�n y los paso a borrador. Saludos.

Gusmar Sosa dijo...

Isa!!!! Hermana!!!! Que grata sorpresa recibirte de nuevo, ya se te extrañaba por estos lados!!! Espero que estes bien. Y sì, desde pequeño Jeremìas fue para mì un gran ejemplo, papà me compraba libros ilustrados acerca de su ministerio. Saludos.

Brisa Nocturna. dijo...

"Es por ello que su silencio no puede interpretarse como ausencia, su silencio es la mejor compañía en nuestras cárceles, y debemos reconocer su compañía por el silencio."....

Tremendo,como siempre.Sigo leyendote amigo,muy atenta sigo leyendote.

Keila dijo...

Gusmar, aunque a veces no comento, he leído la serie. Tienes una gran sensibilidad y aprecio mucho tu perspectiva. Me encanta estar en esas cárceles donde "es imposible no escucharte a ti mismo", porque en esa quietud aprendes más de ti, pero sobre todo, de nuestro Señor. Gracias por recordarnos las bendiciones del silencio.

Gusmar Sosa dijo...

Hola Beatriz, Pues sigo esperandote por acá. Saludos.

Gusmar Sosa dijo...

Hola Keila, pues sí, uno va apreciando las cárceles a medidas que notas los resultados positivos en tu actitud, y te das cuenta que en esos lugares Dios es como más real para tí.Saludos.