lunes, 2 de abril de 2012

HISTORIAS DE ABRIL: II.


Lo comprendió al verla.


Esas cosas suceden a menudo, he sido testigo algunas veces, tal vez tú también; te pasas toda una vida argumentando, negando lo que consideras insostenible, y en un instante todos tus argumentos son ridículos.


A pesar de toda la angustia vivida su madre murió en paz, con una extraña convicción o una tonta ilusión: en algún momento él volvería a ser aquel hombre sonriente que una vez fue. Y así murió ella, sonriéndole a la vida, sonriéndole a él que también fue su vida.


La muerte anunciada le confirmó lo que él creyó descubrir quince años antes, cuando su padre murió en aquel trágico accidente en la autopista intercomunal de la ciudad. Renunció a su rutina dominical de asistencia a la iglesia y reconoció que su rutina no lo salvaría del único destino seguro del ser humano y de todo ser vivo.


Creyó absurda la ilusión que tantas veces lo llevó a pensar y asegurar la existencia de un dios;  afirmó en algunas conversaciones que si algún hecho o idea tenía caracteres superiores y divinos, era la muerte. Decidió jamás pensar en dios y por un tiempo mientras intentaba dejar de pensar en dios pensó más en el asunto, descubriendo que existen tantos dioses como lo suponen los seres humanos al creerlos ciertos. Se ejercitó para no darle vida a ningún dios con sus pensamientos, y en su aventura se volvió desconfiado y solitario, su vida insípida; a veces caía en cuenta de su aburrimiento, pero creía que su coraza lo mantendría un poco más alejado de la muerte.


Algunas noches lloraba la ausencia de su padre, o se excusaba en ella para llorarse a sí mismo; y cuando ya la ausencia de su padre no justificaba su llanto ocurrió lo de su madre.


En algún momento tomó  la decisión de sentarse algunas tardes en la plaza del parque La Bandera, allí lo conocí. Caminaba un rato y luego se sentaba y encendía un cigarrillo mientras a su alrededor una manada de humanos trotaban hacia todas las direcciones y por todos los senderos del parque. Al principio intenté convencerlo de mis ideas sobre un dios, también del supuesto sentido que le encontré a la vida, pero él sin intentar convencerme desarmaba mis argumentos dejándome cada vez con menos convicciones. En cada encuentro sus conceptos y el sabor amargo de la vida, que emanaba de su alma, se tornaban en néctar dulce para mí.


Conversando con él aprendí que la historia revela tantas identidades de dioses como tiempos y espacios han sucedido, y que cada concepto e identidad de los dioses en la historia refleja el concepto e identidad de la sociedad en cada escenario. Aprendí que tengo derecho a cuestionarlo todo, que puedo hacerlo, que puedo dejar de ser esclavo, constantemente, de las ideas que creyéndolas mías no son más que herencia histórica. Eso creí muchas veces hablando con él.


Fue una tarde, yo estaba sentado a su lado, él encendía un cigarrillo mientras conversábamos. Una chica se acercó a nosotros y sonriendo lo saludó y le pidió un cigarrillo. Lo vi en su rostro mientras respondía al saludo y extendía su mano con los cigarrillos. Ella le dio las gracias y se alejó mientras él sonreía, de nuevo sonreía. Volvió a mí para continuar con la conversación, sin importarle en qué habíamos quedado, sólo me miró y me dijo: “Tal vez de nuevo estoy equivocado, tal vez puede que exista un dios, y creo que lo vi en los ojos de esa linda chica”.

Se despidió y se fue fumándose su cigarrillo, y una vez más me quedé yo, allí sentado, pensando que todo es posible, que no existen convicciones tan seguras y firmes para no cuestionarse… No se si volvió a creer en algún dios, después de aquella tarde no pude volver al parque de aquella ciudad, pero tuvo razón su madre: él volvió a sonreírle a la vida.