lunes, 13 de junio de 2011

ENCUENTRO.

Él la miró a los ojos, se paró justo frente a ella obligándola a detenerse, fingió atravesarse en el camino sin ninguna intención, dando a entender que el encuentro de sus miradas fue un accidente. Al ver sus ojos brillar la ciudad enmudeció, y por un momento pensó que se había perdido en el tiempo, que ellos dos habían regresado, sí, regresado como si de allá venían, al siglo en el que aquella plaza no era más que un bosque de amores furtivos, un bosque en el que se encontraban aquellos que en pleno pueblo debían disimular sus sentimientos. La brisa despertó, mientras la tarde ya bostezaba para entregarse al sueño y darle su espacio a la noche, los árboles que adornan la plaza se movían con gracia al ritmo de la suave y silenciosa brisa, el viejo samán que yace en el centro de la plaza se agitó, como levantando sus ramas, como celebrando el encuentro de los dos mortales, samán silencioso y anciano, único testigo sobreviviente de aquellos encuentros que ya extrañaba pues el pasar de los siglos fue llevándose los bosques y al parecer los amores verdaderos también.

Ella sonrió al verlo frente a ella, le pareció que él tenía mucho que decirle, y por un segundo miró detrás de él con asombro pues captó el momento en el que el día y la noche se abrazan para seguir sus caminos, fue como si la luz y la oscuridad se rozaran por un instante y brindaran por los viejos tiempos, antes de ser separados, él pensó que no brindaban por los viejos tiempos sino por el encuentro de ellos.
Él se acercó a ella, dos pasos adelante, ella sintió su corazón acelerarse, en el momento no supo qué era esa emoción dentro de ella, si miedo o alegría, pero no podía entender por qué podría ser algo como alegría, por qué dudar del miedo; pudo haber retrocedido o esquivarlo para seguir su rutina, pero no quiso, quiso convencerse que por curiosidad esperaría ver con qué intención aquel extraño se le acercaba, aunque los dos pasos que lo acercaron a ella también le decían que no era extraño.

Ella pensó que lo había visto en algún lugar, pero no lograba recordar dónde, él había intentado acercase antes, pero no había llegado el momento, pero ahora lo era, era el momento, lo decía la brisa que susurraba alrededor de ellos, lo señalaba la luz del sol ya fundida entre la sombra de la noche. Miró su sonrisa y sintió esa calma que hasta ahora para él solo era un mito, sintió como si más de un intento descansaran, como si en aquella sonrisa reposaran secretos de muchas vidas suyas. Y sin pensar en lo torpe que se escucharía, o en lo ilógico de sus palabras, sin saber si quiera lo que diría, le dijo:

“Todo lo que ves ha existido esperando este momento, existe para nosotros, todos tus pasos te trajeron a mí y todos mis pasos me llevaron a ti”.

Ella pudo dudar, pero no quiso, de alguna manera supo que era cierto…

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