sábado, 17 de marzo de 2012

¡BENDITO CIEGO Y BENDITA MUJER!

¡Benditos los ojos del ciego! La oscuridad que nublaba disipada fue… Bendito ciego, que se atrevió a responder un “qué quieres que te haga” pronunciado por el mismo cielo… ¡Qué suerte la suya! Llamado desgraciado, apartado del redil, obligado a estar lejos… Los prejuicios de los hombres lo arrinconaron, arrojándolo a los brazos del Cristo…

Échame pues, lejos de los rediles; nómbrame desgracia y vergüenza, dispara tus dardos, tonto prejuicio… Que dices estar más cerca del cielo, que dices que mio es el infierno… Ni cielo ni infierno, míos son los caminos que tanto desprecias. ¡Cobarde! Le temes a la verdad, por eso le das la espalda a la agonía de no tenerla, por eso te escondes entre las luces que tú mismo enciendes, para protegerte de las sombras inciertas y de la verdad que a nadie le pertenece…

Bendita la mirada de aquella mujer… Ella que vio la bondad que no administra, que no esclaviza ni condiciona… ¡Mujer bendita fuiste! Que tu vergüenza impuesta, que no era tuya, ridiculizó la arrogancia de aquellos que se impusieron frente a ti… Mujer libre, tu libertad amenazó la esclavitud de los hombres, y ellos con piedras quisieron callarte. Pero el silencio te exaltó, el silencio del Cristo pronunció tu nombre. Adúltera te llamaron ellos, pero él te dijo mujer, mujer sé libre, mujer ve en paz…

Ven frente a mí tonto prejuicio, con tu disfraz de siervo, con tu pretexto de santidad… Ven con todas tus excusas y apunta tus piedras; que uno viene a llamarme libre… Su silencio pulveriza tus piedras que ya no hieren porque me dijo “ve en paz”… Ven pues y alimenta tus fronteras, y llámanos pobres a los que andamos afuera, pobre eres tú y pobre tu dios que depende de ti.

Un ciego y una mujer escucharon su voz para ser libre; y tú, por la misma voz reprendido… Sujeta con fuerzas tus piedras y apunta en mi contra porque te lo diré: yo prefiero ser ciego y adúltero y no encarnarte a ti, tonto prejuicio…