sábado, 28 de enero de 2012

UN ÁNGEL QUE FUMA

En Venezuela muchas iglesias miran con prejuicio a las personas que fuman... Esto va a sonar muy sensacionalista para mi propio gusto, pero hoy me habló un ángel que fumaba...

Créanme, fue un ángel. El sol del mediodía apuntaba directo a mis ojos mientras yo caminaba por las calles de Ciudad Ojeda en dirección a la plaza Alonso. Caminaba lleno de cargas, de esas que uno no puede soltar de las manos porque no se llevan sujetas con ellas. Más que quejas eran lamentos los que jugaban en mi alma, lamentos que no dependen del llanto, que no obedecen al anhelo de silencio que a veces se hace tan necesario. Yo quería silencio, no pensar, tan solo andar, sin llegar a ningún lugar. No entiendo por qué muchos insisten en que es importante un destino, yo prefiero los caminos a ningún lugar… A veces pienso que es porque nunca pertenecí a nada ni a nadie.

Como un forastero caminé, tal vez me viste caminando por esas calles, lejos de mí mismo. Pensé en mi padre y lo extrañé… ¿Por qué estoy tan lejos de él? Decidí que al amanecer lo visitaría y disfrutaría de estar allí. Pero mis angustias y preocupaciones no cesaron, tampoco la intensidad del sol. ¿Has sentido la angustia llorando en tus ojos? No son lágrimas, pero se sienten húmedas, no son tuyas pero lloran en ti…

Llegué a la plaza. Ella lucía triste y sola… ¿Por qué ya nadie se sienta a conversar en las plazas? Cuando niño viví frente a una plaza, la placita. En las mañanas las madres de mis amigos se sentaban en los bancos a conversar, algunas regaban los jardines de la placita desde adentro de sus casas; por las tardes, los más adolescentes y jóvenes jugaban beisbol o futbol en la placita. Y por las noches era el turno de los niños, salíamos de nuestras casas como de guaridas, disparados hacia afuera con una velocidad extrema, nos agrupábamos a conversar, jugábamos al escondido, gritábamos, cantábamos. Y las bancas eran ocupadas por los ancianos. Se veían sabios y poderosos, en esa placita aprendí que un día yo sería anciano.

Estaba ya sentado debajo de un árbol, en la plaza Alonso, recordando mi niñez para distraerme del presente, entonces escuché una voz ronca que me preguntó: “¿Estás buscando sombra?”.

Honestamente no me di cuenta cuando ese anciano se sentó a mi lado, fue como una aparición. El anciano sonrió y se llevó un cigarro a la boca y le dio un jalón sonriendo aun.
Dejó escapar el humo inhalado y me dijo: “Yo aquí escondiéndome de la vida”. Esta vez sonreí yo, y no pude ignorarlo.

-Es lo que provoca, eso quisiera a veces, vivir escondido mientras vivo.-le dije.

-¡Ah! Pero es bueno esconderse por ratico, luego hay que seguir luchando. Volver a enfrentar la vida. Aquí estoy yo, echando una fumadita, fumándome mis problemas… ¿Qué más puedo hacer?

Dejé de mirarlo un momento. ¿Qué más puedo hacer? Pensé en el lema de esas congregaciones que miran con prejuicios a personas como ese anciano, pero qué más puede hacer ese anciano. ¿Qué le ofrecen a cambio del cigarrillo como medio de escape? Solo un “Cristo es la solución”, genérico e inservible. ¡Y por favor! Que no me refiero a que Cristo es genérico e inservible, inservible es esa frase como herramienta de evangelismo huérfana de un programa socio-espiritual; es genérica, sirve para justificar la conciencia ante la responsabilidad social, para escapar de la necesidad que grita violentamente alrededor nuestro, que denuncia la dejadez de la institución cristiana frente a la sociedad como escenario. Aquel anciano se fumaba sus problemas, problemas que el llamado cristianismo no generó, no directamente, pero de los que tiene cierto grado de responsabilidad. Porque no quiere poner al servicio del bienestar social sus estructuras, porque no le interesa tocar al necesitado, escucharlo, porque tiene miedo de seguir a Cristo. Sí, el cristianismo institucionalizado, en términos generales, tiene miedo de seguir a Cristo. Porque las huellas de Cristo apuntan hacia la renovación de las actitudes de los “lideres religiosos”, porque las huellas de Cristo señalan el transito por la vía del servicio comunitario, de la entrega a cambio de nada, de la satisfacción que se encuentra en hacer sonreír al prójimo. Porque las huellas de Cristo nos obligan a recorrer los sistemas políticos y educativos para afectarlo y hacerlos inclinarse delante del bien común.

Volví mi mirada para ver al viejo, pero no estaba. Me levanté para buscarlo, pero no lo encontré. En el lugar donde se sentó estaba un el filtro de su cigarrillo y las huellas de sus cenizas. Y entonces quise pensar que fue un ángel, uno que fumó a mi lado para decirme que puedo esconderme de la vida un ratico, para respirar el aire, para escuchar a un anciano, para vivir. Y puedo volver a la vida viviendo. Sí, un ángel que denunció mi tranquilidad frente a la matriz donde se forman los problemas sociales, que me permitió observar las huellas de Cristo un momento.

En Venezuela la iglesia no debería mirar a las personas que fuman con prejuicio, debería ofrecerles una opción para drenar sus ansiedades; debería trabajar por el bienestar, para que disminuyan las causan que generan las ansiedades, debería plantearse programas socio-espirituales; pero más importante aún, a veces, debería salir a las plazas y permitir que un anciano o un ángel que fuma se siente a su lado…

6 comentarios:

Mylagros dijo...

¡¡Genial!!.Te felicito y te envio un fuerte abrazo

GUSMAR SOSA dijo...

Gracias Mylagros, gracias por pasar por aquí.

Badaquias dijo...

Muy buen texto. Desafortunadamente, la iglesia institucionalizada a fallado en muchos aspectos...

GUSMAR SOSA dijo...

Así es. Pero afortunadamente podemos seguir los pasos de Cristo, aun cuando la institución tenga miedo de hacerlo.

Roysa Socorro dijo...

"Yo quería silencio, no pensar, tan solo andar, sin llegar a ningún lugar. No entiendo por qué muchos insisten en que es importante un destino, yo prefiero los caminos a ningún lugar… A veces pienso que es porque nunca pertenecí a nada ni a nadie."

Esto es delirio.
Paz a mi alma, a mi mente.

GUSMAR SOSA dijo...

Roysa! Niña linda de mis tormentos! Paz, para mí, es saber que pasaste por aquí...