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viernes, 20 de abril de 2012

RELATOS DE ABRIL PRONUNCIADOS EN NOVIEMBRE


"...Se abren nuevos caminos, llamados noviembre, y voy con una vida aun sin estrenar; no quiero poderes, ni cielos azules, no quiero refugios... Yo ambiciono más, apunto más lejos...Yo quiero pronunciar en noviembre los cuentos escritos en tu alma una tarde de abril…"


En "Relatos de Abril pronunciados en Noviembre" Se presentan 30 relatos que son espejos de un alma atormentada por un futuro anhelado y un pasado que sigue siendo presente a través de los sueños. Desde las nostalgias de noviembre, entre los días de brisa y lluvia, el alma pronuncia los anhelos y sueños forjados en abril. Relatos que encarnan en letras las imágenes que todo ser humano guarda y esconde en sus memorias, incluso aquellas que algunos ya han olvidado en ese afán, a veces inevitable, de vivir de prisa...

Descárgalo gratis AQUI.

domingo, 15 de abril de 2012

HISTORIAS DE ABRIL V.

A veces nos vamos perdiendo mientras creemos avanzar, nos obsesionamos con progresos, aventuras; nos adherimos a un estilo de vida ajustando el transitar a las analogías que creemos encontrar… Que la vida es una carrera, que es una batalla, que es un sendero y tantas cosas más… Vamos apegándonos a conceptos: libertad, independencia, éxitos… Conceptos que nos hacen esclavos y nos encajonan en una gama de juegos y así, sin darnos cuenta, somos la más tonta descripción de lo que es la vida...


Al cabo de un rato, un rato en el transcurrir del tiempo, creemos despertar; y de nuevo el afán por vivir de otra manera, y seguir rodando, transitando, huyendo o entregándonos, creyendo que ahora somos libres, pero ¿existe la libertad? Supongo que existe mientras la añoramos, porque en nuestra memoria hay recuerdos de aquella vez cuando tal vez sí fuimos libres… Antes de que existieran los conceptos e incluso las palabras…Y tal vez la libertad nunca más volverá a ser igual, porque nunca podremos olvidar las palabras, los conceptos, las analogías, porque nunca podrá la mente detenerse en el afán involuntario de pensarlo todo…


Él lo pensó, durante mucho tiempo… Jamás sería libre otra vez, porque eres esclavo de la sed y al saciarte eres esclavo de la satisfacción de no sentirla más… Se declaró esclavo, pero en su propio afán decidió que no sería esclavo de la esclavitud, sino de la independencia. Con arrogancia lo desconoció todo, se arrojó en contra de todo y en dirección contraria hizo de su andar un concepto. Se declaró no pertenencia, se alejó de los pueblos, andando por todos los senderos, negándose el recuerdo. Desafió los cielos y los infiernos, desafió sus dioses y sus demonios.


Hasta aquella mañana presumió su independencia, su nomadismo... Nunca antes dolió ser esclavo o libre, hasta entonces nunca sangró su alma forastera... Al ver sus ojos, quiso ser su pertenencia, quiso tener el valor de aceptar su cobardía disfrazada de coraje y rendirse frente a ella... La contempló religión y salvación, mientras la descubría como sendero y vida... Y entendió que su vida siempre fue aire esperándola, para ser aliento respirado por ella, esperando moribundo sin aliento...


Y conoció el infierno, al saber que hasta entonces su existencia había sido existencia sin ella... Y aunque después de verla se preguntó cómo podría seguir viviendo sin caminar a su lado no tuvo el valor… Algunos vicios terminan venciendo el alma…


Aquella mañana, por un momento, no existieron las dudas. No hubo espacio para las dudas, porque tampoco existió el espacio; no hubo tiempo para las dudas, porque aquella mañana ella ocupó el espacio de sus tiempos. No existieron los recuerdos, no existieron las palabras porque ella  fue su memoria, aquella mañana por un momento supo que la vida no es un concepto… 

martes, 3 de abril de 2012

HISTORIAS DE ABRIL: III.


Durante mucho tiempo deseó no tener memoria del pasado. Le estorbaban sus errores, pensaba continuamente que de no haberlos cometido otra sería su vida. Pero sabía que no se puede retroceder en el tiempo y tomar otros caminos, aunque disfrutaba las ficciones desarrolladas en base a la idea de “volver al pasado” y había memorizado las leyes que predominaban y coincidían en todas  las ficciones cinematográficas. Eso fue en su juventud, pero ya lo años habían transcurrido y de su juventud sólo quedaban recuerdos. Malgastó los mejores años de su vida en lamentos, sin el coraje para extraer lecciones de sus errores, sin la valentía de asumir los fracasos como aprendizajes.


Muchas mañanas ejercitó su mente intentando hacerse hábil en lo que definió como el arte de la distracción; tal arte era el concepto con el que justificó su cobardía. Esquivó oportunidades pensando que así podría evitar la aparición de los fantasmas que, a pesar de su esfuerzo, seguían apareciendo con antojos propios. Cuando éstos aparecían desaparecía él; se le veía caminando como se ven las hojas secas llevadas por la brisa cualquier día de verano, se le escuchaba quejumbroso, excusándose con el pretexto de lo que nunca sucedió, diciendo que de haber sucedido él sería otro. Se perdió las oportunidades de cambiarle el rumbo a su vida, de transitar otros caminos; nunca pudo decidir otro destino porque nunca percibió los momentos en los que tuvo las opciones.


Fue una mañana, a sus setenta. Su cuerpo aun presumía de fuerza, sus ojos contemplaban sin desgastes, se levantó de la cama y se sintió desconocido; miró a su alrededor y todo era extraño. Se levantó y una extraña fatiga le hizo perder el equilibrio y por un par de segundos se apoyó en la pared, poco a poco fue reconociéndose, reconoció también las paredes, la cama, el lugar completo. Esa mañana sus dos hijos llegaron, con sus esposas e hijos. Los contempló, pensó que todo pudo ser mejor, que él pudo ser mejor para ellos. Así son algunos vicios: aprisionan la voluntad y disfrazan la alegría. Él no podía simplemente disfrutar. Notó, mientras transcurría el día que habían ciertos espacios vacíos en su memoria, intentó recordar ciertos momentos a los que sus hijos hacían referencia, pero fue inútil. Al anochecer supo que su memoria se desgastaba. Pasaron semanas, meses y algunos años. Su memoria iba despojándose con más rapidez de los recuerdos. Su deseo se había cumplido: olvidaba el pasado.


Poco a poco lo olvidó todo, y en el proceso lamentó cada detalle olvidado. En ocasiones deseó su memoria completa, reconoció que el pasado puede ser aliado del hombre y que algunos fantasmas son necesarios en la vida.


Creo que fue casualidad, acepté la invitación de visitar el Hospital Adolfo Pons de Maracaibo. Caminé entre algunos pasillos, entré a algunas de las habitaciones del hospital junto a un par de amigos. Entonces tropecé con él, lo vi acostado y me acerqué. Su rostro reflejaba su agonía, sus dos hijos estaban sentados a su lado, me le acerqué y él disimuló conocerme con una sonrisa, la misma con la que quizás intentaba engañar a sus hijos diciéndoles que los reconocía. Con su brazo me obligó a inclinarme a la altura de su rostro y me susurró al oído: “voy a morir sin pasado, sin saber quién fui o quién soy”.

lunes, 2 de abril de 2012

HISTORIAS DE ABRIL: II.


Lo comprendió al verla.


Esas cosas suceden a menudo, he sido testigo algunas veces, tal vez tú también; te pasas toda una vida argumentando, negando lo que consideras insostenible, y en un instante todos tus argumentos son ridículos.


A pesar de toda la angustia vivida su madre murió en paz, con una extraña convicción o una tonta ilusión: en algún momento él volvería a ser aquel hombre sonriente que una vez fue. Y así murió ella, sonriéndole a la vida, sonriéndole a él que también fue su vida.


La muerte anunciada le confirmó lo que él creyó descubrir quince años antes, cuando su padre murió en aquel trágico accidente en la autopista intercomunal de la ciudad. Renunció a su rutina dominical de asistencia a la iglesia y reconoció que su rutina no lo salvaría del único destino seguro del ser humano y de todo ser vivo.


Creyó absurda la ilusión que tantas veces lo llevó a pensar y asegurar la existencia de un dios;  afirmó en algunas conversaciones que si algún hecho o idea tenía caracteres superiores y divinos, era la muerte. Decidió jamás pensar en dios y por un tiempo mientras intentaba dejar de pensar en dios pensó más en el asunto, descubriendo que existen tantos dioses como lo suponen los seres humanos al creerlos ciertos. Se ejercitó para no darle vida a ningún dios con sus pensamientos, y en su aventura se volvió desconfiado y solitario, su vida insípida; a veces caía en cuenta de su aburrimiento, pero creía que su coraza lo mantendría un poco más alejado de la muerte.


Algunas noches lloraba la ausencia de su padre, o se excusaba en ella para llorarse a sí mismo; y cuando ya la ausencia de su padre no justificaba su llanto ocurrió lo de su madre.


En algún momento tomó  la decisión de sentarse algunas tardes en la plaza del parque La Bandera, allí lo conocí. Caminaba un rato y luego se sentaba y encendía un cigarrillo mientras a su alrededor una manada de humanos trotaban hacia todas las direcciones y por todos los senderos del parque. Al principio intenté convencerlo de mis ideas sobre un dios, también del supuesto sentido que le encontré a la vida, pero él sin intentar convencerme desarmaba mis argumentos dejándome cada vez con menos convicciones. En cada encuentro sus conceptos y el sabor amargo de la vida, que emanaba de su alma, se tornaban en néctar dulce para mí.


Conversando con él aprendí que la historia revela tantas identidades de dioses como tiempos y espacios han sucedido, y que cada concepto e identidad de los dioses en la historia refleja el concepto e identidad de la sociedad en cada escenario. Aprendí que tengo derecho a cuestionarlo todo, que puedo hacerlo, que puedo dejar de ser esclavo, constantemente, de las ideas que creyéndolas mías no son más que herencia histórica. Eso creí muchas veces hablando con él.


Fue una tarde, yo estaba sentado a su lado, él encendía un cigarrillo mientras conversábamos. Una chica se acercó a nosotros y sonriendo lo saludó y le pidió un cigarrillo. Lo vi en su rostro mientras respondía al saludo y extendía su mano con los cigarrillos. Ella le dio las gracias y se alejó mientras él sonreía, de nuevo sonreía. Volvió a mí para continuar con la conversación, sin importarle en qué habíamos quedado, sólo me miró y me dijo: “Tal vez de nuevo estoy equivocado, tal vez puede que exista un dios, y creo que lo vi en los ojos de esa linda chica”.

Se despidió y se fue fumándose su cigarrillo, y una vez más me quedé yo, allí sentado, pensando que todo es posible, que no existen convicciones tan seguras y firmes para no cuestionarse… No se si volvió a creer en algún dios, después de aquella tarde no pude volver al parque de aquella ciudad, pero tuvo razón su madre: él volvió a sonreírle a la vida.

sábado, 31 de marzo de 2012

HISTORIAS DE ABRIL: I.

Ella camina por las calles de aquella ciudad, sus ojos atestiguan el amanecer y sus pasos le dan el ritmo al transcurrir del tiempo. Su mirada señala los paisajes que no alcanza a ver, sus lamentos no son suficientes para ser escuchados; su voz hermosa se deja escuchar, a cuentagotas, su voz es una canción que habla de los tiempos que confundidos se pierden en la misma memoria del futuro. 


A veces la sueño, su voz. Y siento que viene a mí, que soy paisaje que su mirada no alcanza y junto a la brisa se acerca, tocando mi melancolía. Y me veo rodeado de lunas distantes, que se reúnen en el mismo cielo sobre mis ojos, y me acusan de cobarde. Pero su voz despierta el coraje que nunca tuve y los lamentos se disipan para abrir paso a mis pasos, y mis pasos me van llevando a ella. La sueño, y soy paisaje, cuyas aguas se levantan tercas, ignorando las leyes que dicen que no puedo, que no debo, que no es cierto. Y me pierdo en mis sueños mientras ella camina por aquellas calles. 


Alguna vez fueron nuestras aquellas calles, fue nuestra la ciudad donde ella hoy juega. Algunas vez no fueron calles debajo de sus pies; fueron senderos, angostos, estrechos, suficientes para los dos. Fue aldea, rodeada de montañas que pensaron ser omnipotentes, pero el tiempo las degastó; y con ellas fue desapareciendo el paisaje, desaparecí yo, desapareció ella. Ella, que hoy camina tan lejos de mí; yo, que hoy sueño tan lejos de ella. Tal vez transcurrimos en tiempos diferentes, suelo equivocarme siempre; tal vez no es tan grande el espacio que nos opone, suelo mirar con ojos cansados y el cansancio termina venciéndome. 


Ella camina y es vida, con gracia camina. Es armonía, linda armonía que da vida, agraciada vida que camina. Alguna vez presumí de ella, y hoy el futuro se burla de mí; su ausencia es el argumento del futuro, su ausencia es el génesis de mi melancolía. Yo sueño que aquella ciudad le habla de mí, que quedaron algunas huellas de lo que fuimos; a veces me gusta pensar que no fuimos, que somos recuerdos de un pasado que sin existir pretende respirar, que somos el aire dispuesto a ser exhalados por el tiempo… Y que tan pronto seamos reales el tiempo morirá prestándonos su vida… Tal vez un día, mis sueños y sus pasos tropiecen, justo a tiempo, sin importar dónde…

sábado, 14 de enero de 2012

EL "DESDOBLAMIENTO" DE DIEGO. (CUENTO).

Desdoblar es formar dos o más cosas por separación de los elementos que suelen estar juntos en otra; en Yaracuy, Estado donde nací, escuché una vez a un anciano hablar del “desdoblamiento”.

Había ido con mi madre a visitar al abuelo, él vive en un cerro llamado Quebrada Honda, este cerro está al pie de Aroa. Allá arriba los ancianos están casados con supersticiones que son más bien cultura e identidad propia de la América virgen, de esa cuyo nombre no era América. La identidad y cultura de nuestros orígenes sigue viva en muchos cerros y veredas de estas tierras y con un poco de suerte podemos escucharlas hablando y con esfuerzo y conciencia podemos ser portadores de ellas.

Llegamos al samán, un árbol majestuoso, enorme y de poderosa apariencia, como esos que describen en los cuentos. Allí estuvimos media hora esperando a los jeep que suben al cerro. Dos ancianos conversaban al lado nuestro, y fue entonces cuando uno de ellos dijo: “Ese guaro sí que se desdoblaba, ningún brujo pudo igualar al Diego en estas tierras, salía de sí mismo y su alma montaba sobre la brisa y con ella paseaba por toditas estas montañas”. El otro sin asombro lo interrumpió y dijo: “¡Ah! Mi padre me contó una vez que su abuelo lo conoció, y que él podía ver espíritus y almas; y en una de esas en que el Diego se desdobló, el alma suya se quedó mirando su propio cuerpo con cara de lamento y al dar la espalda nunca más volvió”.

El jeep llegó y subimos al cerro. Yo no olvidé esa conversación, asombro y miedo la sellaron en mi memoria. En el trayecto imaginé que el alma de ese tal Diego podría estar paseando por allí, gimiendo en las noches, atormentada. Me pregunté por qué no volvió a su cuerpo, qué vería allí que le dio tanta pena y pintó en su rostro el lamento. Con el tiempo comprendí que para los yaracuyanos, para esos ancianos custodios de la identidad de su tierra, el alma de Diego paseando por las montañas no es un cuento que los amenaza. En otra de las visitas no me aguanté y le pregunté a mi abuelo y él riendo exclamó: “¡Ah! ¡Viejos sin oficios esos! Es una leyenda vieja de antes, no es que su alma esté penando. El Diego se soltó de su cuerpo porque ya no aguantaba su vida. Decían los de antes que era vanidoso por su habilidad, porque podía desdoblarse pues. Y una tarde al salir de su cuerpo se dio cuenta que no valía medio, así que se entregó a las montañas”.

Al parecer, el Diego, al separarse de sí mismo era una cosa completamente distinta a lo que era dentro de su cuerpo. A lo mejor ese es solo un cuento, pero es uno que transmite una gran sabiduría. A veces hay que mirarse desde afuera, renunciar a uno mismo y entregarse a los montes. Y fue lo que sucedió cuando, aún en la cama, logré desencadenarme del aturdimiento de mi despertar...

sábado, 16 de julio de 2011

AQUELLA VOZ...

Extraño, así fue. Aquella voz parecía despertar en él recuerdos almacenados en otra vida, sonrió al pensarlo, creía saber que eso no era posible, aunque ahora dudaba mientras lo escuchaba, su voz viajaba a través de esos caminos que nadie ve, flotaba por los aires atravesando la distancia hasta llegar a él. Su voz pronunciaba palabras que eran armonía, quietud, melodía para su alma, porque hasta ese día su alma era un animal rebelde que desconocía su propia naturaleza, que vagaba por los rincones de un bosque encantado donde siempre era de noche, su alma era una sombra eterna fusionada a la oscuridad… Pero ese día, al escucharla, su alma encontró un lugar para sentarse y contemplar la luz del sol bañando los senderos…

Sus ojos intentaron encontrarla, y olfatearon el rastro de su voz, intentando abrirse paso entre la multitud para llegar a ella, para contemplarla y saber que era real, que aquella voz brotaba de una fuente que podía palparse con la mirada y que no era tan solo un espejismo causado por su desesperación, quería beber de aquella fuente, y así, calmada su sed, entender por qué había gastado sus pasos caminando por desiertos con la ilusión de encontrarla, porque su vida era un desierto, siempre esquivando lugares, insatisfecho de las aldeas que ofrecieron su calor para hospedarlo, frustrado por no saber qué buscaba… Pero ahora, ese día creyó saberlo.

Sintió miedo, miedo a no saber cómo detenerse, a extrañar luego su sed, y no saber qué hacer sin más senderos; un forastero con hogar no sería más un forastero, entonces qué sería… Tuvo miedo de dejar de ser lo que siempre había sido y aventurarse a ser lo que nunca fue… Así son los miedos, se esconden justo detrás de la esperanza, para que así, cuando ésta va llegando a su fin quedar desnudos y espantar con su apariencia lo nuevo, lo esperado… Y es irracional, tal vez, sentir miedo de que se cumplan los sueños, de encontrar lo buscado, de alcanzar lo perseguido, puede que sea irracional, pero así sucede, qué podemos hacer… El miedo nubla el horizonte, es un reto y aceptarlo implica dar el último paso a ciegas, se ciegan los ojos y todos los sentidos, así que ese último paso debe darse confiando en la memoria.

Él dejó de escucharla, puede que ella aún cantaba, pero no podía escucharla, ahora, de nuevo, volvía a pensar que tal vez no era real, que nunca existió, que no la escuchó… Es como cuando aseguras tener pruebas de que Dios es real y al otro día resulta que no existieron las pruebas porque ya no las ves, o como cuando aseguras que no es real, que Dios no existe, y tienes todos los argumentos en contra de su existencia pero de pronto te das cuenta que tales argumentos no apagan la ilusión de creer que necesitas creer que es real, y entonces no te queda de otra que no argumentar, o argumentar que no debes hacerlo para convencerte de dar un salto, un último paso sin nada más que la memoria de recuerdos que no recuerdas si son reales… Dejó de escucharla pero convencido de haberla escuchado caminó confiando en nada, sin saber si creer o no, lleno de dudas, y la encontró, al final del camino, porque cuando encuentras tu lugar no necesitas caminos…

NOTÒ SU VEJEZ...

Sacudió el barro de sus pies, con ira, justo antes de atravesar el portal al interior de su casa, cuando el sol ya se ocultaba detrás del horizonte, en el horizonte del horizonte tal vez, donde comienza el principio que conduce a otro final, pero señalando el final de un día que sería archivado por algunos y olvidado por otros, porque así son los días, dependiendo siempre de la memoria para seguir existiendo y como los días es nuestra propia existencia… Así lo entendió él, luego de sacudir los pies, entrar a la casa, y volver la vista al horizonte para ver el sol apagarse, bajó la mirada y vio el barro pegado al piso del patio, entonces recordó las palabras del anciano sacerdote que dictaba los sermones en aquellos años en los que su corta edad no le permitían escoger entre ir o no ir a misa los domingos… “Porque barro somos y hechura de sus manos, y al barro volveremos”… No podía recordar si la palabra exacta, usada muy a menudo por el sacerdote era barro o lodo, entonces se dio cuenta que desde la adolescencia no asistía a ningún acto religioso.

Barro o lodo ya no importaba, como tampoco importaba si era o no hechura de un dios cristiano o musulmán, oriental u occidental o el producto de accidentes cósmicos o lo que sea, sin embargo, no podía negar que había transcurrido a través del tiempo, que su trayectoria había sido larga según la cronología humana y la caducidad lógica del hombre según las estadísticas modernas; como el barro, había sacudido también fragmentos de su vida, y su existencia se acercaba al estado de espejismo, así lo definió en ese instante, llegaba el momento en el que solo sería un fantasma en la memoria de algunos y en la de otros simplemente no existiría. Se preguntó por qué tanta ira, y descubrió que desde su adolescencia la ira había sido una emoción constante en él, que había caminado ciego y por lo tanto no había llegado a ningún lugar, no tenía historias que contar, o un pasado en el cual refrescar su memoria, mirando el barro se dio cuenta que ya costaba un esfuerzo enorme levantar su mirada al cielo y observar el abismo vestirse de noche.

Así como sus movimientos también sus argumentos se debilitaban, pensó que se vuelve al barro, o al lodo, vacío, desnudo de argumentos y carente de esfuerzos… “Nada trajimos, nada llevamos…”. Ni siquiera la fe prestada o impuesta lo acompañaba, solo ese carácter reflexivo que apenas nacía en él, y al pensarlo, al sorprenderse reflexionando sobre tantas tonterías, y deseando haber sido diferente, notó que la vejez conquistó sus días…

APRENDIO Y APRENDI...

Aprendió que el tiempo no transcurre, no se mueve, ni le interesa hacerlo, que existe porque le dimos nombre, y tratamos de limitarlo y medirlo porque somos vanidosos, porque creemos controlarlo todo mientras nuestros propios conceptos nos dominan, somos prisioneros de cárceles construidas con nuestra pretensión de libertad; transcurrimos nosotros, desplazándonos entre rutinas y pretensiones, caducando siempre, intentando perseguir el tiempo con nuestras reglas, pero aprendió que perseguirlo es intentar atrapar la neblina de las montañas y sembrarla como semillas en el corazón de la tierra; somos nosotros mismos quienes nos limitamos, desviando la mirada, intentando aferrarla a cimas que solo son profundidades de abismos infinitos que nos entretienen haciéndonos perder momentos plenos… “Tal vez la expresión natural del tiempo, del verdadero tiempo, somos nosotros, de ser así deberíamos ser uno con él, abrazarlo como una parte más de nuestra existencia, como un carácter de lo que somos, y dejar de perseguirlo o luchar contra él”, yo guardé silencio aquella mañana intentando descubrir en qué punto del horizonte estaban suspendidas las palabras que hacía suyas…

Aprendió que la vida es mucho más que un concepto o un trayecto, que tal vez no lleva a ningún lugar, sino más bien pudiera ser el lugar, que un montón de excusas pudieran estar apuntando a la vida, para que ésta fuera posible, para que vivir fuera posible. Aprendió a reír a carcajadas por tantas tonterías pensadas que lo llevaron a intentar tonterías… “fui un tonto por mucho tiempo, creyendo necesitar encontrar mi destino, sin saber que ya había llegado a mi destino, porque la vida es el destino de los vivos”, así me dijo una noche mientras el cielo oscuro amenazaba con truenos el silencio de la noche, y guardé sus palabras como mías, porque necesitaba hacerlo, entendí que el vacío que despierta algunas noches y produce la sed de mis insomnios es la fatal creencia de un destino que amenaza la habilidad de disfrutar la vida que hemos recibido o conquistado, eso no importa, importa vivirla a diario, fatal creencia que intento asesinar cada día mientras creo entender las palabras suyas… “Es más fácil convencerse de las mentiras que no pueden palparse que asirse de las verdades que chocan contra nosotros…”

Aprendió que las palabras no se las lleva el viento, que puede que se las entreguemos al viento y se pierdan en los horizontes, pero que pronunciadas o escritas en el momento necesario y prudente éstas pueden respirar y vivir, que pueden despertar emociones y que las emociones son el vehículo que lleva a las palabras a otros lugares, que le dan cuerpo y fundamento; aprendió que hay palabras que pueden pronunciarse con una mirada, con una caricia, con una sonrisa, que pueden entenderse si éstos gestos nacen espontáneos, convencido de esto me regaló horas de silencio, y hoy he aprendido a no desesperarme cuando todo lo que me rodea guarda silencio.

Aprendió que la muerte no es enemiga, que no sorprende, a menos que ilusos olvidemos que existe, me dijo que puede ser aliada para los que aun no han sido tocados por ellas, me aseguró que no temía a la muerte, pero aquella mañana, en aquel cuarto de hospital, horas antes de morir, como si la misma muerte hubiera susurrado la hora a su oído, me miró en silencio, y comprendí que hay temores que no desaparecen, solo duermen esperando la hora exacta para atormentarnos…

jueves, 16 de junio de 2011

DE VUELTA A LA ISLA...

Partió pensando que era la decisión correcta, y dejó detrás de sus pasos una estela de recuerdos que reclamaban el por qué de su partida, intentó ignorarlos, porque los buenos recuerdos duelen cuando uno decide alejarse del presente que fue construido a base de ellos, y no sé por qué, pero es un vicio de muchos alejarse de lo que es tan conocido y familiar, con sueños en la cabeza, sueños que muchas veces terminan siendo pesadillas y que mientras se van alcanzando se miden con los recuerdos que finalmente no pueden ser ignorados y entonces uno se da cuenta que no hay mejor sueño que el ayer compartido con esa gente y esos lugares que se siguen extrañando.

Él tenía sus propios sueños, no muy claros, pero los tenía, así que abandonó la isla que lo vio nacer y jugar en las orillas que daban la bienvenida al mar una y otra vez. Quiso mirar atrás mientras la endemoniada barca se abría paso hacia el horizonte, pero no lo hizo, por temor a darse cuenta que cometía un error, porque a veces la libertad suele ser una dama que te encadena a sus antojos y te lleva a rincones en los que nada puedes hacer con ella. Se aferró a sus sueños, cerró sus ojos a la realidad que abandonaba, y bloqueó de su memoria los rostros de aquellos que eran sinónimo de su infancia y de su adolescencia, porque ya era el momento de ser adulto, eso creemos, que empezar a ser adultos es soltar esa capacidad, la habilidad placentera de ser tontos, y cuando nos damos cuenta ya la piel está coartada por las arrugas de los intentos fallidos. Pero no se encierran los recuerdos detrás de barrotes ni se encadenan, es uno quien se encierra entre el final de aquellos días y un horizonte que parece amplio, pero que no es más que un espejismo que nunca podemos tocar.

Y es que somos tan inconformes, no nos damos cuenta que en nuestra propia isla podemos ser todo lo que quisiéramos ser, y él lo supo, con el pasar los años, mientras se conocía a sí mismo descubría que pertenecía aquel lugar; en las horas agitadas, horas de su desesperación, bastaba recordar las olas del mar golpeando su isla, la brisa naciendo en la arena, el cielo inmenso y altivo, cielo de cuentos, bastaba recordar las manos extendidas de los amigos que saludaban al atardecer, cuando corriendo llegaba a la plaza listo para jugar, bastaba recordar la sonrisa de la niña que lo acompañó hasta la adolescencia y podía besar la paz y la calma que se le escapaba al abrir los ojos. Así que ya lejos de su juventud decidió regresar, y volvió. Bajó de la barca, con los ojos llenos de humedad, y caminó con los pies descalzo, entrando a las veredas que conquistó en su niñez, llegando a la plaza, sorprendido notó que otros llegaban con pies descalzos, que también descendían de barcas porque estuvieron ausentes, y se encontraron allí, extendiendo sus manos llenas de nostalgias, justo al atardecer, “como en los viejos tiempos”, pensó, y río a carcajadas sin vergüenza, por la ironía, porque siendo viejo envejecía también el tiempo joven… Yo apenas era un niño, nacido en aquella isla, porque para mí era una isla, y los escuché hablar de sus historias, los vi llorar de melancolía, jurando no partir jamás si volvieran a nacer en aquel lugar… Hoy lo recuerdo y siento paz al recordar, y quisiera tener el valor para volver, y caminar de nuevo descalzo, recorrer las veredas que fueron mías, y que me bastaban para ser feliz, y llegar a la plaza de mi niñez…

martes, 14 de junio de 2011

SOLO CONVERSABAMOS...

Conversábamos como ejercitan los atletas experimentados antes de una competencia, no tanto para preparar el cuerpo para las exigencias que requiere la ocasión sino más bien para calmar las emociones que pueden traicionar la mente y causar ese desequilibrio que puede hacerles caer en el error de exigir cuando no se debe y dejarlo de hacer cuando es necesario; así conversábamos, sin la mínima intención de medirnos en una pista de carrera, porque a veces nos equivocamos al pensar que eso es la vida ¡una pista de carrera! y da risa cuando nos vemos inmerso en semejante error, yo suelo reírme: que la vida es una competencia, que hay que llegar primero, que hay que ganarle a no sé qué, tonterías de escritores de fabulas tontas, conferencistas que quieren causar sensación con palabras vacías y teorías tan falsas no soportan dos minutos fuera del escenario donde son expuestas.

Conversábamos porque la vida a veces no es más que palabras que corren de un lugar a otro, que son escuchadas o leídas y luego olvidadas, porque no tiene sentido sentarse en la sala de emergencia de un hospital al lado del otro, uno con esa agonía de no saber qué pasará en diez minutos, si saldrá el médico y dirá que todo está bien, que es un varón sano o que así es la vida, que uno no sabe lo que le toca y que hay que seguir corriendo, mientras el otro no encuentra a qué aferrarse para seguir creyendo que el cáncer aun no se le lleva a la pareja, y los dos sin mirarse, sin conversar y permitirse la oportunidad de dejar que las palabras hagan lo suyo…

Y no era una sala de emergencia, pero nos urgía dejar correr los minutos, las horas, y tal vez los días; que corrieran ellos, minutos, horas y días, yo solo quería quedarme allí sentado, viendo la luz del sol debilitarse como los ojos del anciano sentado en el porche de su casa a las dos de la tarde mientras la brisa le roza el rostro y se va perdiendo en un mundo en el que los recuerdos tienen más fuerza que el presente, solo quería estar allí y ver desfilar un siglo entero sin enterarme de los cambios, contemplando el horizonte sin ningún blanco fijo, porque la gente se empeña en creer que hay un destino hacia donde correr, un blanco al cual apuntar, pero aquella tarde me importaba un carajo el destino, no me presionaba el destino ni mis treinta vacíos y solitarios, decidí que no dejaría que un propósito se burlara de mí y me obligara a pesarme en una balanza que siempre será desfavorable; y nos reíamos de los pobrecitos aquellos que no podían sentarse en una plaza y perder el tiempo ganando la vida… Porque solemos confundir el tiempo con vida, como si fuera tan difícil saber que la vida son instantes libres del tiempo, por eso cuesta vivir porque no sabemos caminar sin las cadenas del tiempo…


No recuerdo de qué conversamos, y me río mientras intento recordarlo sin conseguirlo, es que fue grato el momento, no transcurrió un siglo, pero fui libre del tiempo mientras estuvo a mi lado, disfruté de la vida, de la vida desnuda y crudita, aun sonrío cuando recuerdo sus ojos y gestos, y me sentaría una eternidad a su lado, conversaría con ella de las tonterías que son tonterías porque nadie las ha comprobado con sus tontos métodos una y otra vez solo para volver a vivir…

lunes, 13 de junio de 2011

HEREJÍA Y UN BESO.

Exceso, fue la excusa con la que justificaron su aprensión, derroche de poder, porque cuando el conocimiento contradice el orden lógico establecido, que solo es lógico porque así se ha pronunciado legalmente, que solo es legal porque nunca ha sido contradicho y que no se contradice porque hacerlo significa la muerte, entonces el conocimiento es poder, y es exceso poseerlo y al fin de cuenta no es conocimiento sino herejía que debe purificarse con la muerte, aun siendo la misma muerte, como sentencia, una herejía contra la vida.

No le mortificó la aprensión, ni siquiera la sentencia pronunciada que se haría efectiva al amanecer frente a los ojos del pueblo, como una lección, que solo es lección porque reprime, que reprime para no enseñar sino más bien para desenseñar, que al final no es lección porque no suma al progreso ni a la evolución, sino más bien es advertencia en contra de las amenazas que apuntan de muerte a los intereses del pueblo que no es el pueblo, de la religión que no es religión, de la verdad que es una estructura de pilares viejos llamados mentiras. Lo mortificó aquel beso, dulce beso que brotó de los labios de una diosa, diosa escondida entre las mujeres del pueblo, de cabellos rizados, cuyo color bien podía confundirse con la luz del sol del mediodía, diosa de edad corta, tal vez apenas se descubría a sí misma, cuyo cuerpo era como la misma danza de la magia…
Nunca tuvo temor de morir, y era la ausencia de ese temor la que inspiraba sus palabras y el coraje de pregonar sus oraciones en contra de aquellos que se nombraban autoridad y reclamaban derecho divino, siendo en sus labios la divinidad una herramienta para dominar y una licencia para matar argumentando que muertes como la que presenciaría el pueblo al amanecer eran semillas esparcidas al viento que garantizarían la permanencia de la fe. Pero ahora lo siente, ese frío dentro de sí que estremece los huesos, esa incertidumbre que surge cuando quieres rogar por un milagro, por un verdadero milagro que sabes que no ocurrirá… Escribió con sangre en la pared, por no tener tinta, para no olvidarlo en las siguientes ocho horas: “tal vez mi incertidumbre es fe”. Nadie mataría por una verdad de la cual no se está seguro, él no estaría en esa prisión, escribiendo con sangre, sin posibilidad de ver de nuevo a aquella mujer, linda mujer, de no haber sido por una mentira hecha verdad por tradición. El mundo sería mejor si todo ser humano reconociera que es débil, que tiene incertidumbres, el mundo sería hoy más para él, mucho más que cuatro paredes de las que solo saldría para enfrentar la muerte. ¿Qué pasaría con ella? ¿Qué tal si mañana su hermosura fuera un pretexto para acusarla de bruja para seguir aleccionando al pueblo y demostrándole con dosis de muerte la autoridad divina? ¿Cómo podría volver a besar sus labios?

Con el nacimiento del sol fue escoltado a la tarima, maquillado de heridas para el espectáculo, pero la herida más grande la llevaba en su alma, un beso que le hacía apreciar la vida… Y allí de pie, a tan solo segundos de la muerte, pudo mirarla entre la multitud, y solo algunos pudieron escuchar sus palabras agonizantes: “solo el amor puede ocasionar la incertidumbre que resulta en fe”…

RECUERDOS.

Hoy lo reconocen, para aquel entonces él se había resignado a una vida más sin ella, a pesar de que apenas pisaba el escalón de los treinta sus muchos intentos que igualaban sus fracasos lo llevaban a pensar que no sería posible, ya sabía demasiado como para entregarse al juego tonto del amor, que no es tan tonto como cuando aun no pisas los treinta. Resignado justificaba su cobardía con la falsa entrega a la construcción de un futuro distinto para él, su plan era tan tonto como el amor a su edad, pero al menos tenía un plan para entretenerse. Ella aun no se resignaba, apenas entraba a la sala de los juegos tontos, pero escudada con un todavía no es el tiempo, con una serie de reglas auto dictadas que, según ella misma, la protegerían de los fracasos que terminan siendo veredas que conducen al amor verdadero, así lo reconocen hoy.

Ni si quiera su plan pudo cambiar su naturaleza, no es fácil deshacerse de los vicios y hábitos que se llevan en el alma durante tantas vidas, y él siempre fue un andante, criatura sin hogar, supuso alguna vez que semejante vicio era una maldición que solo podía romper la sonrisa del amor, eso fue antes de decidir no ser más tonto. Lo cierto es que aun a sus treinta se mantenía errante, se reconocía forastero, y sin orgullo pues le pesaba ser un nómada, pues extrañaba la quietud del hogar que nunca tuvo, ser recibido con un abrazo después de cada jornada que la vida exigía, mirar la luna acompañado de ella, sin ruegos, teniéndola a su lado.

Ni siquiera sus reglas la mantuvieron al margen de él, lo vio pasar frente a ella, y sin saber cómo explicarlo creyó recordar las palabras que escuchó dentro de ella: “tendrás que esforzarte en nuestro próximo encuentro, tendrás que sonreír como hoy”. Y así sonrió, como aquella noche frente al lago que separaba el bosque de la pequeña aldea, cuando se despedían porque así debía ser, porque de lo contrario la muerte la arrancaría a ella de su lado, cuando él, antes de perderse entre los caminos del bosque, juró encontrarla de nuevo, reconocerla y arrebatársela al tiempo para él. Así sonrió, como aquella noche en la que confió en aquella promesa, porque era tonta, como él era tonto, porque creían que podrían desafiar los tiempos y abrirse paso en otros siglos hasta coincidir y de nuevo unirse el uno al otro. Él la miró sonreír y siguió caminando, de espalda a ella, uno, dos, tres, cuatro pasos y se detuvo… ¿Quién era ella? ¿Por qué le sonreía? ¿Cómo podía esa sonrisa golpear su alma con paz?

Volteó y allí seguía ella, mirándolo, no pudo evitar reír, por sentirse tan tonto a su edad, por creer de repente en tonterías, por pensar que la maldición que lo mantenía caminando era tan solo el producto de un juramento, ella entonces le dio la espalda y siguió su camino, el juego apenas empezaba, él sospechó que cada mañana tropezarían en la misma esquina, y pronto caminarían en el mismo sentido, tomados de la mano, hacía el mismo lugar…

SOLEDAD.

Anciano, lleno de días, buenos y malos, de pocas palabras, la risa se ausentó de sus labios una mañana de junio, él creyó que había sido una sabia decisión, pensó que tal vez era lo mejor, quizá no para él pero sí para ella. Ella intentó explicarle que se equivocaba y juró que lo encontraría una y dos y hasta mil veces de nuevo, que no habría lugar en el que pudiera esconderse, lo juró aún sabiendo que él era ágil para desaparecer, lo juró aún sabiendo que tal vez nunca más volvería a encontrarlo.

Se sienta cada mañana en el porche de la casa que soñó en su juventud, esperando los ochenta que ya se acercan, en su mano derecha un cigarrillo con el que desafía a la muerte, o más bien con el que se burla de ella, demostrándole que no ha podido ni aun con todos sus intentos y a pesar de sus descuidos ser derrotado. Su mirada cansada, ya ni se esfuerza para ver más allá de sí mismo, piensa que no necesita hacerlo, ha visto demasiado, se ha alimentado de paisajes, de rostros, de lugares, todo lo que necesita ver lo guarda dentro de él, en su memoria. Es densa la niebla de las mañanas de junio, él lo sabe, y a pesar de los tormentos que se esconden en ella se levanta dispuesto a jugar con ellos; no pretende engañarse, no esquiva sus culpas y reconoce sus errores, es así como los fantasmas que despiertan en junio, y lo esperan sentados en el porche al amanecer, terminan aliados a él, sin armas para atormentarlo, encerrados en galerías de buenos recuerdos y malos recuerdos.

Sin embargo, siente dolor. He allí su error más grande: la soledad. No se permitió la compañía, teniendo siempre excusas para partir, jugando siempre a buscar mundos, alejándose cada vez más de ella. Ya se acercan los ochentas, así que cada tarde se sienta de nuevo en el mismo lugar, esta vez sin cigarros en su mano derecha, sino con un lote de los versos que en la soledad le escribió a ella, piensa que hiriendo sus heridas puede anestesiar el dolor. Así que va leyendo sus versos y al terminar cada hoja la deja escapar de sus manos dejándole su suerte al viento, siempre pensó que sus letras llegarían a ella y ella entendería que aunque la alejó de él nunca dejó de amarla. Tal vez ella lo sabe, puede que aun intenta encontrarlo; a veces me siento también en el porche de mi casa, a dejar que el viento deje caer los versos de aquel anciano en mis manos, a veces leo sus versos, y pienso en ella, en quien sonríe para mí mientras me mira como si todo el universo fuera una excusa para encontrarnos, yo espero no tener el valor para alejarme de ella, espero atar mis pasos con cobardía para no invocar la soledad.

MAGIA.

Sonríe mientras mira a su alrededor, piensa que solo falta él, sería perfecta la tarde de este domingo de junio si aún estuviera él. Mira sus manos, aún sonriendo, no le pesan las arrugas en la piel, ni siquiera ese temblor en las manos, él le decía que era el nervio propio de la piel cuando sabe que ya se acerca mucho más el momento del descanso, le decía que a veces descansar asusta, da miedo, porque uno se acostumbra a esa agonía constante a la que llamamos vida. Corren los nietos a su alrededor y la rozan, en su garganta una fiesta de lágrimas se va preparando, pero nadie ve sus lágrimas festejar, levanta su mirada al cielo, y una gota que rueda por su mejilla se convierte en el eco de las palabras de quien fue su compañero “no es en el cielo donde debes buscarme, es dentro de ti, porque siempre seré uno contigo…”. Así que cierra los ojos y cree mirarlo, allí está él, sereno, siempre con letras en sus manos, para ella; puede verlo sonreír también, porque él sonríe cuando ella lo mira, porque él siempre fue feliz frente a sus ojos.

Con sus ojos cerrados invoca el aroma de la tierra azotada por el sol de junio, que apenas comienza a descansar con el atardecer, él siempre le decía que junio era un mes con pasión, es de luz intensa durante el día, pero sus atardecer ofrecían una paz llena de magia, le decía que era una magia que no alcanzaba a ser descrita con las palabras, entonces ella sonreía y lo miraba con gesto de “no sabes lo que dices”, y él le decía que un día entendería la magia, y entonces sabría que hay un lenguaje mucho mejor que las palabras. Se le ocurrió mientras mantenía los ojos cerrados que aquel lenguaje del que hablaba su compañero podría ser el aroma de la tierra, el aroma del cielo, el susurro de la brisa, la tonalidad de todo lo natural, y abrió sus ojos una vez más, deseando con el corazón y con el alma suya que él estuviera frente a ella para abrazarlo y decirle que había logrado entender la magia, estaba dispuesta a reconocer que él siempre supo lo que decía. Pero no lo encontró, en cambio vio la cara de sus cinco hijos y de sus nietos que la miraban sonriendo.

Se sentaron junto a la mesa, allí en el patio de la casa, bajo el manto de la tarde del mes de junio, mientras la noche del veintinueve se maquillaba para caer, hijos y nietos, y ella… El mayor de los hijos suspiró, y dejó escapar un “solo falta mi padre”, que llenó de silencio el último minuto del atardecer. Ella miró a cada uno de ellos, y sonriendo les dijo “su padre fue un mago, y logró quedarse entre nosotros, yo no puedo explicarlo con mis palabras, pero un día entenderán la magia”.

ENCUENTRO.

Él la miró a los ojos, se paró justo frente a ella obligándola a detenerse, fingió atravesarse en el camino sin ninguna intención, dando a entender que el encuentro de sus miradas fue un accidente. Al ver sus ojos brillar la ciudad enmudeció, y por un momento pensó que se había perdido en el tiempo, que ellos dos habían regresado, sí, regresado como si de allá venían, al siglo en el que aquella plaza no era más que un bosque de amores furtivos, un bosque en el que se encontraban aquellos que en pleno pueblo debían disimular sus sentimientos. La brisa despertó, mientras la tarde ya bostezaba para entregarse al sueño y darle su espacio a la noche, los árboles que adornan la plaza se movían con gracia al ritmo de la suave y silenciosa brisa, el viejo samán que yace en el centro de la plaza se agitó, como levantando sus ramas, como celebrando el encuentro de los dos mortales, samán silencioso y anciano, único testigo sobreviviente de aquellos encuentros que ya extrañaba pues el pasar de los siglos fue llevándose los bosques y al parecer los amores verdaderos también.

Ella sonrió al verlo frente a ella, le pareció que él tenía mucho que decirle, y por un segundo miró detrás de él con asombro pues captó el momento en el que el día y la noche se abrazan para seguir sus caminos, fue como si la luz y la oscuridad se rozaran por un instante y brindaran por los viejos tiempos, antes de ser separados, él pensó que no brindaban por los viejos tiempos sino por el encuentro de ellos.
Él se acercó a ella, dos pasos adelante, ella sintió su corazón acelerarse, en el momento no supo qué era esa emoción dentro de ella, si miedo o alegría, pero no podía entender por qué podría ser algo como alegría, por qué dudar del miedo; pudo haber retrocedido o esquivarlo para seguir su rutina, pero no quiso, quiso convencerse que por curiosidad esperaría ver con qué intención aquel extraño se le acercaba, aunque los dos pasos que lo acercaron a ella también le decían que no era extraño.

Ella pensó que lo había visto en algún lugar, pero no lograba recordar dónde, él había intentado acercase antes, pero no había llegado el momento, pero ahora lo era, era el momento, lo decía la brisa que susurraba alrededor de ellos, lo señalaba la luz del sol ya fundida entre la sombra de la noche. Miró su sonrisa y sintió esa calma que hasta ahora para él solo era un mito, sintió como si más de un intento descansaran, como si en aquella sonrisa reposaran secretos de muchas vidas suyas. Y sin pensar en lo torpe que se escucharía, o en lo ilógico de sus palabras, sin saber si quiera lo que diría, le dijo:

“Todo lo que ves ha existido esperando este momento, existe para nosotros, todos tus pasos te trajeron a mí y todos mis pasos me llevaron a ti”.

Ella pudo dudar, pero no quiso, de alguna manera supo que era cierto…

ELLA Y SUS PASOS.

Ella camina y sus pasos no la llevan a ningún lugar, la ven pasar las calles que guardan secretos de tantas pisadas perdidas, que conocen destinos ajenos, y que han acumulado con el pasar de los tiempos historias de pasos perdidos que finalmente encuentran lugar. La saluda la brisa, cuyas caricias son como sonrisas de buenos días, como un beso del amanecer que ofrece una luz distinta; ella solo camina, recibe el saludo de la brisa, lo recibe en silencio, su silencio es protesta, es rebeldía contra el tiempo que ha pospuesto sus buenos días, es rebeldía contra la luz de la mañana cuya intensidad solo desnuda la soledad que acompaña sus pasos.

Ella sonríe, sonríe mientras camina, su sonrisa es desafío, pues ha decidido desafiar a la misma brisa que también pasea por los espacio, con andar de gracia, buscando el lugar que perdió sin saberlo, buscando el tiempo en el que quedó estacionado su momento, cuando ella bailaba sobre el mar y abrazaba la tierra, cuando la tierra era suya y los ríos mostraban senderos a nuevos mundos. Ella también quiere encontrar su momento perdido entre las garras del tiempo, y desafía al tiempo, ignorando el orden lógico de los sucesos, dispuesta a desordenar incluso el mismo desorden con el que danza el tiempo y robarle el momento que le pertenece; ella quiere bailar al ritmo de las emociones que guarda para él, y abrazar la luz que escapa de la noche y que puede ser alcanzada al amanecer… Quiere conocer los nuevos mundos, esos que ofrecen hogar y descanso, esos cuyos caminos no hieren los pies sino que curan las heridas que ocasionan los intentos fallidos, quiere acampar, y decir que llegó el final, y que el final sea una cama con compañía, un desayuno sin soledad, un café con aroma de hogar y un resto del día que no la obligue a protestar con silencio.

La luz es más intensa mientras más lejos la lleva el camino, distanciándola no sabe de dónde, acercándola a ningún lugar, y más desnuda va, doliéndole su propia mirada sobre sí misma, porque puede notar que el tiempo decidió ser su enemigo a muerte, porque no pudo ser cobarde para rendirse, y a veces duele ser valiente… Allí va ella, pasando frente a mí, y no me atrevo a mirarla para no alimentar su dolor, para que no vea en mis ojos el reflejo de su piel, piel ya cortada por los desordenes del tiempo, que se alimenta del orgullo y del dolor, del dolor que nos hace escudarnos con orgullo mientras es escudo que quema la piel que lo sostiene… Ella que me mira y yo que veo mi piel, y me sonríe, en silencio me mira y sonríe, porque protesta contra mi orgullo, porque no es vida la suya y no debe ser de nadie más, porque va pensando que mientras para ella cae la noche para otros apenas va amaneciendo, y yo que quiero extenderle mi mano y darle de mis amaneceres, pero lo sé, sus pasos serán exclamaciones de otros tiempos, y su piel conjuro contra la niebla que pretende enceguecer a los forasteros y confundirlos en los senderos…

jueves, 1 de julio de 2010

ELLA ME LLEVA...

Ella me lleva a un nuevo mundo, yo que pensé que había recorrido suficientes caminos, descubro que hay vías que no pueden ser percibidas si ella no me guía… Yo que pensé conocer los mundos que rodean mis pasos, ahora me siento perdido en los bosques ubicados donde pensé todo era un desierto…

Descubro junto a ella que hay un mundo donde la vida puede respirarse, donde la calma reposa y las tormentas sonríen… Descubro que hay días que se visten de noches y que la noche es la misma vida sentada esperando el amanecer mientras es respirada.

Existe la paz de donde se alimenta la alegría, y la alegría es un mar que ofrece sus aguas, ella extiende sus manos y en ellas reposa el mar, que tranquilo me invita a beber solo una gota de sus aguas jurándome que jamás volverá a extinguirse la alegría dentro de mí…

Existe el silencio que no duele, que deja escuchar las palabras que aun no fueron escritas, el silencio es una luna reflejada en sus ojos, hermosa luna, hermosos ojos, yo miro sus ojos y ellos me cantan una canción que junto a ella recuerdo fue cantada cuando fui niño, y siento la paz de saber que no necesito saber para entender lo que soy, junto a ella soy niño que cree, niño que duda, niño que no sabe si quiere creer que no sabe si quiere dudar, un niño que es, solo eso, que es…

Ella me lleva un nuevo mundo, un mundo que desconozco, un mundo que no creí posible, donde mi alma pasea tranquila, y mis sueños despiertan serenos, sin afán de existir, solo despiertan y sueñan; un mundo donde está ella y ella me basta, donde no estorba el tiempo, un mundo sin presente, sin posibilidades para el pasado, donde el futuro no puede asomarse… Un mundo donde el corazón de mi corazón palpita para cantarle a ella…

miércoles, 26 de mayo de 2010

DAME UN MOMENTO...

Dame un momento para explicarte que la vida ha sido rápida, no me atrevo a detenerme porque soy cobarde, lo admito; temo observar a mí alrededor y darle rienda suelta a la melancolía que ocupa el lugar donde debiste estar tú. Son guerras perdidas las que he librado antes con mi melancolía, y en cada guerra pedazos de mí han caído… Y duele, aunque a veces pienso que es más ligero el camino mientras me desprendo de mí…


Pasa con rapidez, es que no tengo ánimos de recuerdos, me estorban porque tu imagen no está en ellos, en cambio tu ausencia pasea en ellos, por sus veredas, en las plazas donde sentados descansan a platicar, en las calles por donde caminan, en las letras que escriben a diario… Mis recuerdos lamentan tu ausencia, lloran mientras la lluvia cae sobre sus mundos y el sol se oculta de pena… Redímelos del dolor y tráeme hoy tu imagen y sentémonos un momento que yo quiero explicarte que la vida es a mi alrededor pero no en mí si tú no estás aquí…


Déjame explicarte con mis palabras torpes y mi pasión ciega que tú eres mi vida y no logro encontrarte, que no hay aire que pueda reemplazar la magia de tu aliento, y quisiera explicarte cómo lo sé para verte sonreír mientras me dices que lo sabes… Me sobra el tiempo sin tu compañía, me sobran los sueños, el cansancio, los caminos… Me faltan límites, ánimos, razones sin tu compañía…


Dame un momento que al escuchar mis palabras sabrás que eres el aliento que necesito respirar…

DIOSA DE MAYO...

Lluvia de mayo cae, desesperada, desbocada sobre estas tierras que antes fueron áridas, sedienta de destino, de reposo, de hogar… Cae y es su caída una fiesta concurrida, ella celebra, murmura secretos del tiempo, describe las imágenes que ha visto en los abismos de donde viene…

Sus invitados brindan por ella, el pasado presenta su ofrenda, tímido se acerca, su voz ronca, pequeño, con pasos cortos, se acerca y encuentra redención al mirar sus ojos; futuro siempre de espalda voltea hacia ella y sonríe, es imposible no sonreír frente a ella, y ella le muestra las imágenes que guarda en su bolsillo, regalos que el tiempo le dio el día de su partida; el presente la abraza, ella besa su frente y acaricia su rostro con manos frías, y él va sintiendo como sus caricias cambian su aspecto…


Danza la lluvia entre la muchedumbre que la rodea, danza con gracia, la brisa toma su mano e intenta igualar su ritmo, brisa se alimenta de su frío, bebe de él y borracha de alegrías lleva su aroma a cada rincón de estos mundos, refresca los desiertos que cuentan historias tristes de otros tiempos, le da aliento a las ruinas que agonizan en la antigüedad, brisa lleva en sus bolsillos las nuevas que bailando la lluvia susurró en su oído…


Cae lluvia que ya es mayo, aquí adentro hay desiertos sedientos que claman por ti, tierras áridas que no conocen tu aroma, que no han sido saciadas, ven con tus secretos del tiempo y muéstrame el futuro que ya no veo, ven a alumbrar las paredes de mi abismo para encontrar las imágenes de los días que están por venir… Cae lluvia que a mi alrededor los hijos del tiempo disputan mi suerte, frota sus manos el pasado conjurando hechizos que me encadenan, tiembla el presente de miedo sin saber qué hacer con mis pasos y el futuro se esconde mientras bailas los dados que llevan mis números…

Danza a mi lado, déjame respirar el aire que exhalas de boca, tócame con tu frío, ese que cura el desaliento, que congela la frustración y deshace la ira… Ven y dale aliento a mis ruinas, yo quiero construir un nuevo mundo, uno en el que tú reines, en el que la brisa libre pasee llevando tus nuevas…