lunes, 7 de diciembre de 2009

A LA TIERRA DEL SOL AMADA, MI MARACAIBO...

Dicen que fue Alfínger, por el 1529, quien fundó nuestro terruño amado. Pero no fue Alfínger, y el nombre de nuestra tierra es un tributo a quien dio origen y sentido a todo lo que representa y lo que un día será. Fue aquel joven indio, de quien ya nadie habla, de él llevamos nosotros su sangre y su furor que irónicamente el progreso ha apagado. Indio Mara, cuyo carácter recio fue heredado de los tigres y su tenacidad de las serpientes que reinaron sobre nuestra tierra cuando aun era virgen.

Sobre Mara descansó la esperanza de un pueblo, él se negó a renunciar a su libertad, en un tiempo en el que la libertad fue verdadera, y la verdad era libre, en un tiempo en el que los caminos eran amplios. Él enfrentó a los extranjeros que pretendiendo ser dioses vieron en nuestro territorio un escenario para experimentar el poder y control.

¡Mara! ¡Indio esforzado! ¡Amante de la libertad! Indio amado por el sol, el mismo sol que hoy ama a esta tierra, tierra que aun conserva el aroma del alma de aquel joven indio.

Fue una tarde y el sol se ocultaba frente a él, por el oeste, lleno de pena. Los indios lo rodeaban y dejaban escapar un reverente “maracayó”, uniendo en la lengua primitiva de esa tierra el nombre del cacique Mara con un término que bien podía significar “origen” ó “tigre”. Susurraban incrédulos, llenos de miedo… “Maracayó”… susurraban y percibían el tiempo detenido, mientras Mara contemplaba el sol. El susurro mutó a gritos, pero Mara aun escuchaba susurros al mismo tiempo que sembraba su alma en la tierra y le pedía al sol no abandonarla… “Maracayó”… y el sol pactó con Mara, se ocultó para no llorar la muerte del cacique.

La batalla continuaba, pero para los indios ya nada importaba, así se entregaron a la suerte de los colonizadores que, asombrados por la muerte de Mara, no escucharon a los indios exclamar con reverencia el “maracayó” sino que escucharon un “Mara cayó” que hicieron propio, convirtiéndolo en una frase de victoria.

¡Mara cayó! Gritaban los extranjeros incrédulos, pero regocijados por la victoria anunciada con la muerte del cacique.

Desde aquella tarde, tarde de lamentos de admiración, tarde de un “maracayó” en labios de los indios, tarde de gritos de victorias, de un “Mara cayó” en labios de los extranjeros, se abrió una brecha en el curso natural de la historia y el hombre construyó un cauce para direccionarla de acuerdo a sus intereses de poder y control, intereses vestidos de libertades, esclavizadores. Y es así como hoy la historia escrita niega la existencia del cacique Mara, como un intento de mantener dormida el alma de aquella tierra, aquella tierra que es hoy nuestra tierra. Pero algunos, hijo mío, algunos de los hombres de esta tierra despiertan, de alguna manera despiertan, para negarse al progreso construido, para aceptar la evolución natural, para liberarse de la esclavitud heredada, y en su despertar iniciar el camino llamado libertad, camino amplío, cuyas veredas son una sola verdad… Y ese despertar será siempre, sobre esta tierra, acompañado del sol, de su calor, pues fue el sol quien juró no abandonar a la Maracaibo amada, tierra donde el cacique Mara enterró su alma libre… soberana…”

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